04 agosto 2015

Biodiversidad bien vivida: ¿por qué nos cuesta tanto entenderlo?

¿Cómo desarrollar políticas públicas que promuevan la biodiversidad como una herramienta para el desarrollo sostenible de los pueblos indígenas? Esta pregunta es especialmente pertinente esta semana en que celebramos el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, establecido por las Naciones Unidas en 1994 para apoyar a los pueblos indígenas y sus soluciones a los problemas, así como para reconocer su rol fundamental en las decisiones que afectan a su futuro.

Con esta pregunta en mente, desde el BID organizamos un taller participativo en el marco del Foro Permanente de las Naciones Unidas sobre los Pueblos Indígenas. La sesión contó con la presencia de un dinámico grupo de activistas y líderes de América Latina y, puede que no sea sorprendente, la discusión sobre los vínculos entre los pueblos indígenas y la biodiversidad se centró casi exclusivamente en la integración de la naturaleza en la vida diaria, la salud y el bienestar.

La razón es que la biodiversidad es vista por los pueblos indígenas como un mecanismo para medir la salud de la comunidad, así como la fuente de la materia natural que permite restaurar y preservar la comunidad. Como se explica en esta relación cíclica, la biodiversidad es buen vivir (sumak kawsay) y el acto de poder vivir bien sólo se puede realizar cuando los pueblos (comunidades) están en armonía con la naturaleza.

No se puede tener, conservar o restablecer una comunidad sana sin una biodiversidad en equilibrio. Si estás enfermo te adentras en el bosque para encontrar una cura, por eso si la biodiversidad es débil y no está sana, tu comunidad tampoco lo puede estar.

Yo diría que a muchas de las personas interesadas en el desarrollo el concepto del buen vivir puede parecernos extraño o lejano, en parte porque está muy interrelacionado, interconectado y sólo tiene sentido de forma holística. Y los parámetros que normalmente utilizamos para determinar los aspectos del desarrollo no encajan bien con esta complejidad. Los indicadores, pesos y medidas requieren una priorización de los conceptos de desarrollo, y el buen vivir no es jerárquico, la cura no es más importante que el valor intrínseco de los recursos.

Sin embargo, si exploramos conceptos de resiliencia, desarrollo integrado o incluso el concepto de crear determinados ecosistemas necesarios para el desarrollo, podemos encontrar que el buen vivir no es tan diferente de los conceptos más amplios de desarrollo que hemos aprendido o que nos sentimos más cómodos analizando. Cada vez más las investigaciones muestran que la falta de armonía con la naturaleza tiene un costo real y cada vez es posible medirlo mejor. El conocimiento tradicional que está en la raíz de este concepto será explorado en mayor detalle por un post de mi colega David Cotacachi a lo largo de esta semana.

Los pueblos indígenas han trabajado duro para ayudar a los responsables políticos en lugares como Bolivia o Ecuador a incorporar el buen vivir en las leyes y políticas. Ahora, a medida que avanzamos, es vital que demos el siguiente paso y aprendamos a escuchar y entender cómo estos importantes conceptos pueden mejorar nuestra noción de qué significa desarrollo. Cuanto más seamos capaces de cerrar estas brechas, más cerca estaremos de lograr un desarrollo con identidad que mejor se adapte a los pueblos indígenas, y que podría también mejor adaptarse a las necesidades de la sociedad en su conjunto.

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