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Por María Caridad Araujo.

Hace algunas semanas, a través de las redes sociales llegó a mis manos un artículo de un diario mexicano que me informó sobre la complicada relación entre el ajedrez y el género. Al igual que en tantos otros espacios como el deporte, la academia, el trabajo, las artes, aprendí que en el ajedrez históricamente han existido prejuicios en contra de la participación de las mujeres, en igualdad de condiciones, en las competencias.

No hace mucho, mi colega Emma compartía una experiencia personal sobre cómo su hija, de nueve años, quiso abandonar el club de ajedrez de su colegio porque, a pesar de disfrutarlo, los prejuicios de otros le habían llevado a concluir que las niñas no debían participar en él. A una edad tan temprana, reaccionaba a los estereotipos y prejuicios que percibía en su medio. Afortunadamente, Emma logró persuadir a su hija y motivar a otros padres para que sus niñas regresaran al club. Emma notaba que este tipo de estereotipos y prejuicios son los mismos que, con frecuencia, desaniman a las niñas desde muy temprano en la escuela a involucrarse en, por ejemplo, las matemáticas.

Precisamente, éste fue el enfoque de un estudio en Ecuador que buscaba entender los factores que determinan las brechas de género en matemáticas desde los primeros grados de la primaria. El hallazgo más interesante en esta exploración de por qué el rendimiento en matemáticas es menor entre las niñas apunta a factores en el hogar. Específicamente, resulta que el nivel educativo de la madre tiene un rol fundamental. De hecho, las niñas y los niños cuyas madres completaron la educación universitaria exhiben rendimientos académicos similares en matemáticas.

Todo esto me lleva a pensar en la enorme responsabilidad que tenemos para evitar perpetuar los estereotipos y prejuicios que son una de las causas, aunque no la única, de la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Un reciente estudio realizado en Dinamarca demostró que las decisiones de desarrollo profesional de las mujeres se asocian con aquellas que tomaron sus propias madres. Quienes crecieron en un hogar donde no hubo diferencias en términos de la participación laboral entre la madre y el padre, tienen una menor probabilidad de experimentar un efecto negativo sobre su propia carrera profesional después de tener hijos. Ofrecer a los niños una crianza libre de estereotipos y prejuicios es una de las acciones más importantes que se pueden impulsar desde la primera infancia.

¿Qué se puede hacer activamente para lograrlo?

Comparto con ustedes dos propuestas.

1. Ser más intencionales en seleccionar el material de juego, lectura y música que se ofrece a los niños, buscando opciones que no refuercen estereotipos. Por ejemplo, contar historias con heroínas valientes, perseverantes y luchadoras – de por sí menos frecuentes en la literatura infantil. Si buscas ideas, existe ya un esfuerzo por reunir este tipo de materiales de juego en una sola página web. El punto es que niños y niñas deben tener la posibilidad de explorar y disfrutar los mismos tipos de libros y juguetes.

2. Seguir el ejemplo de esta iniciativa que provee a las madres con recursos para que puedan convertirse en las mentoras de sus hijas. Este programa busca construir habilidades de liderazgo y trabajo en equipo en las niñas, a través de actividades divertidas e interactivas que pueden emprender junto a sus madres en áreas en las cuales las mujeres se encuentran subrepresentadas, como la política, la ciencia, la tecnología, la ingeniería, las matemáticas y los negocios. El objetivo es que las propias madres se conviertan en modelos a seguir para sus hijas y les transmitan confianza en sí mismas. Además, busca fortalecer las relaciones entre madres e hijas a través de los principios de la mentoría, es decir, haciendo uso de la observación, la comunicación efectiva, la retroalimentación, la curiosidad y el disfrute de esa relación. No conozco cómo funciona este modelo y si ha sido evaluado. No obstante, me pareció una iniciativa interesante para explorar.

Yo nunca aprendí a jugar ajedrez. No recuerdo que en mi casa hubiera el tablero ni las piezas. Pero sí lo había en la casa de mis abuelos, donde se exhibía como adorno. No obstante, aprender a jugar ajedrez todavía está en mi lista de pendientes, pues intuyo que es un juego que me va a gustar. Lo noto cuando lo juegan mis hijas, quienes lo hacen casualmente y con disfrute. Después de escribir este artículo me he puesto a pensar que quiero que sean ellas quienes me enseñen a disfrutar de este juego. Será nuestra manera de celebrar el Día internacional de la mujer y la niña en ciencias.

¿Alguna vez has dejado de hacer algo que te interesaba porque te afectó el prejuicio de otros? Cuéntanos tu experiencia en la sección de comentarios o menciona a @BIDgente en Twitter.

María Caridad Araujo es especialista líder de la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano de Desarrollo.

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Showing 9 comments
  • Sonia Campos
    Responder

    Precisamente dejé de jugar ajedrez a los 7 años cuando mi padre y mi abuelo me insistieron en que era un juego para hombres y le perdí el gusto!
    Por medio de tu artículo me doy cuenta que no solo las mujeres influenciamos a los hijos, todos aquellos que tiene relación con el proceso de socialización tienen gran capacidad para moldear las creencias sobre uno mismo y lo que se espera culturalmente de cada persona.
    Retornaré el ajedrez

  • Maria Caridad Araujo
    Responder

    Hola Sonia, me alegró mucho el leer tu comentario. Te deseo muchos éxitos retomando no solo el ajedrez sino esa reflexión sobre los prejuicios y la influencia que tienen en nuestras decisiones y las de las personas que nos rodean. Un abrazo.

  • Héctor Hurtado
    Responder

    Felicitaciones rtículo. El link sobre el estudio en Ecuador no funciona.

  • Rosa Chávez Cárdenas
    Responder

    Sufri el machismo en mi país México, los hombres tenían más privilegios. Estudié la primaria con monjas católicas, con muchos prejuicios. Sin embargo nací activista a los 8 años enseñé a leer a la empleada doméstica que trabajaba en mi casa, venía de un rancho, su padre trabajaba con mi abuelo, nadie me dijo que lo hiciera, de adulta me sorprendí de mi hazaña, lo recordé cuando escribí mi segundo libro “Los Padres Malabaristas” Primero yo le escribía las cartas que enviaba a mi familia, luego la enseñé a leer y escribir y después le dije que se fuera a la escuela para adultos. Sus hijos son profesionistas. Sigo como activista y altruista de la salud física y mental, como Psicóloga y Homeópata, Mi frase “los que estamos en el barco teneos que enseñar a pescar”

    • Maria Caridad Araujo
      Responder

      Hola Rosa, me animó mucho leer tu correo. Gracias por compartir esa experiencia y adelante con ese activismo que ha logrado cambiar las vidas de otras personas. Ojalá nos sigas leyendo y compartiendo tus impresiones. Un abrazo.

  • Alba Avalos
    Responder

    Al leer el artículo y los comentarios, queda claro que en todos los ámbitos hubieron y persisten prejuicios que limitan la participación de niñas, adolescentes y mujeres en actividades en las que se asume que son para hombres: juegos; deportes; actividades académicas; actividades profesionales; relaciones sociales. Hay que trabajar mucho aún para eliminar los obstáculos de realización plena de mujeres y hombres.

  • Nlisia Garcia
    Responder

    Excelente articulo. Muchisimas gracias!!!

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  • […] los asociados a las actividades y ocupaciones vinculadas a las matemáticas y la tecnología, empezando en el hogar. Datos preliminares de un estudio del BID con la Universidad Federal de Pernambuco muestran que […]

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