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La Iniciativa de Ciudades Emergentes y Sostenibles (ICES) es una realidad que ya comienza a otorgar los primeros resultados concretos. Finalizadas las fases de diagnóstico y soluciones en la aplicación piloto en  5 ciudades latinoamericanas (Trujillo, Perú; Santa Ana, El Salvador; Goiania, Brasil; Puerto España, Trinidad y Tobago; y Montevideo, Uruguay) y ante el comienzo de su segunda etapa de aplicación, el  análisis transversal arroja, entre otras, dos conclusiones reveladoras que pueden ser extendidas a gran parte de nuestras ciudades emergentes:

(i) Es evidente la limitada capacidad de sus instituciones en términos de planificación urbana.

(ii) Existe una creciente toma de consciencia y preocupación de la población por el cambio climático.

Estos dos temas, si bien se encuentran en dimensiones opuestas de la ICES, están  íntimamente relacionados y su sinergia ha sido poco estudiada en la región.

El modelo de planificación urbana que las ciudades de Latinoamérica adopten afectará dramáticamente la vida de su población y la del resto del planeta. Las ciudades “foco” de la iniciativa, aquellas que crecen económicamente y poblacionalmente a un ritmo significativamente mayor que la media de sus países, serán grandes urbes dentro de 50 años. ¿Profundizarán estas ciudades el modelo de desarrollo de suburbios de baja densidad basados en el auto como medio de movilidad, u optarán por sistemas de urbanización más compactos con medios que promuevan una gestión del tráfico integrada basada en el trasporte público urbano al servicio de toda la sociedad?

En la mayoría de las ciudades de la ICES vemos un desarrollo urbano fragmentado, con expansiones poco controladas de baja densidad, con altas concentraciones de pobreza y con una pasiva intervención regulatoria de parte de sus autoridades. Existe otra pregunta quizás más importante, ¿poseen nuestras ciudades un “modelo de ciudad” definido con vistas al futuro? No parecería ser el caso.

Ciudades compactas y densas, de usos mixtos, diseñadas con una gestión de trafico integrada, no solo acarrearían significativos ahorros en inversión y mantenimiento de la infraestructura para la ciudad y sus habitantes (menos calles pavimentadas, redes de agua y cloacas más cortas, menos impuestos,  etc.), sino que podría contribuir a la reducción de la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en forma decisiva. Peter Calthorpe en su libro “Urbanization in the Age of Climate Change”, plantea 4 escenarios de desarrollos futuros posibles en términos de urbanización, y en el más optimista (alta densidad + energías alternativas) estima que la reducción en emisiones de gases GEI podría alcanzar el 44% con respeto al escenario actual en USA.  Lo mismo Edward Glaeser, en “Triumph of the City”, donde estima que pasar de una densidad de 1000 personas por milla cuadrada a una de 10.000 personas por milla cuadrada reduce el consumo en combustible de 1164 galones por año a 687 respectivamente. ¿Son aplicables estas estimaciones a nuestras ciudades? ¿Que estudios tenemos realizados en nuestra región en este sentido? Muy poco.

Ayudar a definir a cada una de las ciudades participantes el modelo propio de ciudad y alimentarlo con el tipo de soluciones planteadas es uno de los principales objetivos de la ICES. Con ese fin, nos proponemos en esta segunda fase de implementación de la ICES, incorporar un estudio de mancha urbana que estime la tendencia de desarrollo urbano futuro de la ciudad comparando un escenario tendencial o “business as usual”, con uno más planificado y compacto que permita a los tomadores de decisiones estimar los ahorros que se generarían en alguna de las infraestructuras básicas que deben ser desarrolladas. Complementariamente esperamos desarrollar estudios para calcular, en alguna de estas ciudades, los ahorros en emisiones GEI que el diseño compacto originaría. Estos serían los primeros cálculos realizados a nivel regional en esta temática.