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Hace pocos días un buen amigo compartió conmigo un artículo (en inglés) de la BBC sobre los internados infantiles en China para niños de 3, 4 y 5 años. Estos lugares son centros preescolares donde los niños estudian, juegan, comen y viven de lunes a viernes y regresan a sus hogares los fines de semana. Según el artículo, miles de niños desde temprana edad asisten a los internados infantiles en las grandes ciudades de China. Los padres pagan una tarifa por este servicio.

El artículo argumenta que en una cultura donde la familia desempeña un papel clave, la demanda de estas escuelas podría explicarse por dos factores. Primero, por la percepción de que promueven independencia y mejores habilidades en los niños y las niñas. Y segundo, por temor a que como resultado de la política “del hijo único”, un niño criado con los cuidados del padre, la madre y cuatro abuelos crezca consentido.

El modelo de los internados infantiles se estableció por primera vez en los años 1950 para cuidar de los huérfanos de guerra, pero se hizo muy popular entre las familias acomodadas a mediados de los años noventa. El artículo reporta que en años recientes la demanda ha disminuido en algunos de estos centros. Como resultado, están cerrando sus internados y transformándose para operar como centros de cuidado infantil, a medida que las preferencias familiares evolucionan y más padres toman conciencia de la importancia crucial de su presencia en la vida de sus hijos durante la infancia temprana.

Recordé esta historia mientras escuchaba a Liu Yandong –la Viceministra primera del gobierno chino y la mujer de más alto rango en la dirigencia de ese país– en un acto sobre la colaboración EEUU-China para el Desarrollo Infantil Temprano realizado en la Brookings Institution, en cooperación con la Fundación de Investigación para el Desarrollo de China. Con la historia de los internados infantiles aún en mente, me sorprendí al oír a Yandong iniciar su alocución recordándonos cuánta felicidad traen los niños a las familias. También habló acerca de los esfuerzos del gobierno chino en materia de políticas de educación y nutrición orientadas a priorizar el bienestar de los niños.

Liu Yandong estuvo acompañada de otra mujer muy distinguida: Hillary Clinton. Ella manifestó, de modo convincente, que las prácticas de las políticas de infancia temprana no sólo son solo “la forma correcta de proceder, sino la forma inteligente de hacerlo”. También se refirió  a la oportunidad  que tienen los gobiernos  y las familias de “dar a nuestros ciudadanos más jóvenes la oportunidad de comenzar bien la vida”.  Esto solo es posible durante los primeros años de vida de los niños. De la misma forma, Clinton compartió algo del trabajo que hace la Fundación Clinton con la campaña “Demasiado pequeños para fracasar”, que promueve la concientización acerca de la importancia de hablar a los niños para cerrar la brecha de vocabulario (un tema al que ya nos referimos en nuestro blog). Clinton también respaldó la inclusión del desarrollo infantil temprano en los Objetivos de Desarrollo del Milenio post-2015.

Después de este interesante debate, hubo un panel sobre las políticas de infancia temprana como un medio para reducir la pobreza y reforzar la productividad. Santiago Levy, vicepresidente de Sectores y Conocimiento del BID, ofreció una explicación de por qué, pese a todo el conocimiento acerca de la importancia de los primeros años de vida como un periodo donde tanto la eficiencia, como la igualdad pueden lograrse mediante políticas públicas, los países tienen dificultades para movilizar la inversión que requieren los niños de corta edad y sus familias. Atribuyó esto a la política y habló de cómo los intereses de los niños tienden a estar subrepresentados en los procesos electorales. Jim Wolfenson, ex presidente del Banco Mundial, argumentó a favor del desarrollo infantil temprano como “una cuestión de estabilidad global”. Su razonamiento obedece al hecho de que aún estamos a tiempo para invertir temprano y oportunamente en los ciudadanos del mundo que estarán en la cumbre de su productividad hacia el año 2050.

Mientras reflexionaba sobre este argumento, me di cuenta de que estos ciudadanos aún no han nacido y de que los países más pobres del mundo serán el hogar de un porcentaje significativo de esta gente. ¿Podemos aspirar a que se desarrollen bien y se incremente su potencial?

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