Por Karina Tejada Campos

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Son las técnicos en educación parvularia, las que desde la labor, desde su género, desde la maternidad propia y por vocación se entregan a una tarea titánica en condiciones laborales que en Chile son precarias. Son ellas quienes sufrieron la formación académica restringida por prejuicios de “no importancia”. Ellas las que se comprometen, algunas veces (o muchas) tanto que pierden los límites entre su realidad y la de los niños que en su condición de vulnerabilidad piden todo de ellas.

A ellas acompañé en un programa de responsabilidad social generada por la Asociación de Industriales de Antofagasta, una experiencia extraordinaria que como profesional y persona me hizo más grande. A ellas llegué cruzando el desierto hasta rincones fecundos en esperanza y desafíos, encontrándolas ávidas de apoyo, conocimiento, acogida y reencanto.

Llegué a sus niños, a las historias,  potencialidades y también a las necesidades de estos, a través de mujeres que nunca habían sido consideradas en lo que técnicamente denominamos “formación continua”. Nos convocamos a pensar en el desarrollo de los niños, en el significado de ser “vulnerable”, en el apego, a proponer mejoras en la estimulación temprana y las habilidades sociales, a la construcción de expectativas y futuro para esos niños y niñas.

Nos convocamos a contener y compartir también las propias emociones, a reconocerlas, comprenderlas y ponerlas, de manera positiva,  al servicio de este bien mayor que son los niños y niñas, por el derecho de estos a recibir una educación de calidad, acompañados de mujeres que se fortalecen en su propio desarrollo personal, en el eficaz y humanizador  trabajo colectivo, constructor y trasformador de realidades infantiles más esperanzadoras.

No son pocas las dificultades de convertir los jardines en instancias de experiencias significativas, positivas y felices. Muchas de estas dificultades son por ignorancia, por buenas intenciones mal llevadas, o por acciones positivas pero no sistematizadas que se pierden en la rutina cotidiana.

Trabajamos en combatir la desesperanzas frente a padres negligentes, que no sólo no colaboran con el trabajo de estas mujeres sino que muchas veces entrampan y dañan esta noble labor, focalizando la mirada en las fortalezas de los niños y niñas, y del trabajo único, en cuanto a oportunidad y tipo de experiencias, que ellas podían generar para la vida de los pequeños.

Intentamos re-encantarnos con la tarea a pesar de una institucionalidad indiferente frente a sus necesidades personales y profesionales, una institucionalidad que no está a la altura del desafío país que significa la educación inicial como fundamento de una  sociedad sana, justa y desarrollada.

Superar el olvido de estas mujeres es prioritario, aprender de ellas es fundamental, reconstruir alianzas y revalorizar su trabajo es una tarea pendiente y necesaria dentro de los desafíos por una educación de calidad que este país reclama desde las voces de los movimientos sociales. Debe ser un compromiso de todos los profesionales que nos dedicamos a la educación desde distintos espacios y también,  debe ser una responsabilidad para todos los actores políticos y sociales, por una demanda moral y de derecho con la infancia.

Escribo esto como gesto de agradecimiento a estas admirables mujeres, por una de las experiencias más enriquecedoras que me ha tocado vivir, como madre y profesional, agradezco a ellas haberme sacado del aula universitaria para conocerlas, crecer juntas y hacer patria.

Karina Tejada Campos es chilena, profesora de filosofía, psicóloga educacional y magíster en educación. Su artículo ha sido uno de los finalistas del Concurso de Bloggers del BID.

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