Cuando los programas de crianza enfrentan tabúes culturales

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A mediados de los años 90, investigadores en Estados Unidos revelaron una brecha sorprendente en el desarrollo de niños ricos y pobres. Los investigadores descubrieron que al cumplir los tres años, los hijos de padres profesionales habían escuchado 30 millones más de palabras que los de bajos ingresos. Esto les otorgaba a los pequeños privilegiados habilidades que les permitían adquirir vocabularios más variados y competencias de lenguaje más sofisticadas, que se extendían hasta sus años escolares. Hablarles a los niños muy pequeños de forma frecuente y creativa era bueno para los cerebros jóvenes, un descubrimiento respaldado por varios estudios realizados desde entonces.

Una respuesta fue el surgimiento de programas de crianza en países desarrollados y en vías de desarrollo para eliminar la brecha de logros entre ricos y pobres. Muchos de estos programas actualmente se centran en visitas al hogar o sesiones grupales encabezadas por instructores para enseñarles a padres de bajos ingresos cómo involucrar a sus hijos en una gran cantidad y calidad de conversaciones y juegos. Un estudio en Jamaica, previo a la investigación de los años 90 y descripto en el libro del BID Los primeros años, descubrió que un programa de crianza para madres de niños desnutridos de entre 9 y 24 meses mejoró los puntajes de desarrollo cognitivo temprano y llevó a mayores niveles de coeficiente intelectual, una mejor salud mental e incluso mejores ingresos 20 años después. Programas piloto más recientes, aunque sin el seguimiento de largo plazo del experimento de Jamaica, han tenido éxito en Ecuador, Colombia y Brasil.

Sin embargo, las barreras culturales pueden ser altas. ¿Puede ser efectivo un programa de crianza, por ejemplo, cuando los miembros de una comunidad temen que hablarles a niños muy pequeños sea inútil o extraño? ¿Cuando, en síntesis, entienden poco de cómo funciona el cerebro y tienen tabúes muy arraigados contra hablarles a los más pequeñitos? Un programa reciente intentó despejar esos interrogantes.

En 2013, Tostan, una organización no gubernamental fundada y con sede en Senegal, lanzó un programa de crianza en 200 comunidades pobres en todo el país para responder a una situación en la cual es poco habitual que haya interacciones verbales entre quienes cuidan a los niños y los pequeños, y donde pocos niños aprenden a leer. Los senegaleses de más edad en comunidades rurales pueden creer que mirar a los ojos y hablarles a niños de menos de tres años puede atraer espíritus malignos. Los padres más jóvenes pueden pensar que no sucede nada dentro de las cabezas de los muy jóvenes. Incluso les puede preocupar que los consideren locos si les hablan a sus bebes. Y una creencia comunal sobre la utilidad del castigo corporal —que, como se mencionó en un blog reciente, ha sido asociado con efectos negativos en el aprendizaje— sólo profundiza esos obstáculos para el desarrollo infantil.

Tostan buscó enérgicamente enfrentar esas creencias y prácticas dañinas en un esfuerzo inicial de 9 a 10 meses. Como parte de un programa de 43 sesiones grupales, un facilitador de Tostan entrenado les enseñó a madres y otras personas al cuidado infantil sobre desarrollo cerebral y adquisición temprana del lenguaje. Les mostraron cómo interactuar verbalmente con sus hijos usando oraciones cada vez más complejas y juegos imaginarios, y hablaron sobre los efectos dañinos del castigo corporal. Visitas domésticas cada dos meses reforzaron ese conocimiento y ayudaron a las madres a practicar lo que habían aprendido.

Como explicó Ann Weber, miembro del equipo de la Universidad de Stanford que evaluó la iniciativa de Tostan, en un artículo y un seminario del BID, los resultados fueron muy positivos. Un año después de que comenzara el programa de crianza, las personas al cuidado de los niños mostraron un aumento de 78% en la cantidad de conversación que dirigieron a sus niños pequeños, con una mayor calidez y complejidad en sus interacciones verbales y no verbales. Su apoyo a los castigos corporales bajó. Los niños que tenían entre 4 y 31 meses al comienzo del programa se beneficiaron. En particular, experimentaron un aumento de casi 50% en la cantidad de palabras que usaban en comparación a niños de pueblos donde no se dieron los cursos, y comenzaron a emplear un vocabulario más expresivo.

Los programas de crianza bien diseñados, parece, pueden funcionar. Pueden generar mejoras notorias aún en las condiciones más inhóspitas, donde la pobreza y el analfabetismo son altos y los tabúes culturales son fuertes. ¿Pero pueden volverse más masivos? ¿Pueden expandirse desde pequeños emprendimientos que involucran a unos pocos de cientos o miles de personas a un nivel nacional a un costo razonable? ¿Dependen de instructores externos muy capacitados? ¿O pueden las comunidades locales seguir con el trabajo luego de unos meses o años de capacitación inicial? ¿Y cuán difícil es mantener el progreso?

Este tipo de preguntas son clave. En 2007, una serie de artículos en la publicación médica The Lancet concluyó que 200 millones de niños de menos de cinco años en países en vías de desarrollo no lograban alcanzar su potencial cognitivo debido a la pobreza, los problemas de salud y nutrición, y una estimulación cognitiva y socio-emocional limitada. Los expertos ahora creen que 250 millones de niños podrían estar en riesgo. Sin embargo, a pesar de todas sus promesas, los programas de crianza, que podrían ayudar a aliviar obstáculos clave para los niños pequeños, aún no han sido refinados al punto en que podrían brindar soluciones a escala masiva.

Aquí la experiencia en Seneral es instructiva. El programa Tostan no sólo consistió en 9 a 10 meses de entrenamiento en crianza. Fue precedido por dos años de trabajo en la comunidad sobre derechos humanos, alfabetismo, salud e higiene, así como otros temas críticos de desarrollo. Un último año del programa de crianza se centró en expandir el conocimiento de forma más amplia. Se reclutaron figuras religiosas, y las madres que habían sido entrenadas comenzaron a educar a otros miembros de la comunidad en técnicas de crianza apropiadas. Esto no sólo ayudó a asegurar que el programa pudiera ser de bajo costo y auto sustentable, sino también que todos en la comunidad eventualmente se volvieran conscientes de la importancia de hablarles a los jóvenes, dándoles a los niños un ambiente general más rico en cuanto al lenguaje. Finalmente, los padres en cada pueblo formaron un comité de administración escolar, con la misión de asegurarse de que las escuelas tuvieran control y mejoraran lo logrado en el hogar.

Aún no se conocen los resultados a largo plazo. Ni tampoco sabemos hasta qué punto se puede replicar la experiencia en otras comunidades y culturas. Lo que sabemos es que los programas de crianza, ya sea en África o América Latina y el Caribe, parecen funcionar aún en las condiciones más adversas. Y lograr la receta justa en cada lugar podría hacer una gran diferencia para asegurar que los jóvenes alcancen su potencial.

Los programas de crianza y temas relacionados serán cubiertos en nuestro próximo libro insignia “Aprender mejor: políticas públicas para el desarrollo de habilidades”, que será publicado por el BID a mediados de 2017.

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El Autor

Steven Ambrus

Steven Ambrus trabajó como corresponsal de los medios masivos de comunicación de Estados Unidos y de Europa durante dos décadas en América Latina cubriendo política, educación, medio ambiente y otros temas. El trabaja actualmente en la unidad de comunicaciones y publicaciones del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

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