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Durante la Copa Mundial de Cricket en junio de 2024, mientras miles de aficionados asistían a los partidos que se celebraban en países del Caribe, equipos de epidemiólogos, médicos y trabajadores de la salud trabajaban discretamente detrás de escena utilizando una plataforma electrónica para informar y responder con prontitud a los posibles brotes de enfermedades en las concentraciones masivas. Se notificaron digitalmente un total de 146 casos, incluidas personas con fiebre y síntomas respiratorios o con afecciones relacionadas con el calor, utilizando un novedoso sistema de vigilancia epidemiológica para eventos masivos desarrollado por la Agencia de Salud Pública del Caribe (CARPHA) en coordinación con sus Estados miembros y otros organismos, y que incluye el apoyo de una subvención del Fondo para Pandemias implementada a través del BID.
Estas inversiones en plataformas de vigilancia y alerta temprana, así como el fortalecimiento general y la resiliencia de los sistemas de salud, son necesarias a mayor escala para proteger a América Latina y el Caribe (ALC) contra futuras pandemias.
La llamada de atención del COVID-19
Fue hace sólo cinco años que el COVID-19 reveló la triple vulnerabilidad de la región de América Latina y el Caribe (ALC) en lo que respecta a la salud, la economía y el bienestar social. El exceso de mortalidaddebido al COVID-19 en la región (1,99 muertes por cada 1000 habitantes) fue casi el doble de la media mundial (1,04), según un análisis retrospectivo publicado en Lancet en 2024. El PIB regional se contrajo un 6,6 % en 2020, más del doble de la media mundial (-2,9 %), y en el Caribe, que depende más del turismo, cayó un 9,6 %. La pandemia también aumentó la pobreza y exacerbó las desigualdades preexistentes: afectó de manera desproporcionada a las mujeres y a las personas de los hogares más pobres.
La crisis del COVID-19 desencadenó cambios rápidos en 2020. La salud se convirtió momentáneamente en la principal prioridad. En junio de 2021, los gobiernos centrales de los países de ALC habían comprometido una media de US$60 per cápita para el COVID-19 en el sector salud, y US$231 en protección social y otros sectores, según un estudio de la OCDE. A pesar de la caída de los ingresos fiscales, los países pudieron movilizar recursos adicionales, a lo que los bancos multilaterales de desarrollo hicieron una contribución clave. En el BID, el total de aprobaciones en respuesta al COVID-19, incluidos los nuevos préstamos y la reformulación de otros existentes, ascendió a US$1.400 millones en proyectos del sector salud y a US$3.100 millones de dólares para poblaciones vulnerables.
El Fondo para Pandemias se puso en funcionamiento en 2022 en un tiempo récord. Proporciona recursos no reembolsables a beneficiarios en países de ingresos bajos y medios para invertir en capacidades de vigilancia epidemiológica, incluidos laboratorios de salud pública y recursos humanos, y canaliza los recursos a través de entidades ejecutoras como el BID.

La agenda de preparación para pandemias después del COVID-19
Abordar la vulnerabilidad regional requiere mejorar las capacidades de prevención y respuesta temprana a las amenazas emergentes, así como la capacidad general del sistema de salud para ampliar los servicios en caso de emergencia.
La vigilancia epidemiológica, que consiste en el seguimiento cuidadoso de la aparición y propagación de enfermedades, es el punto de partida para mejorar la preparación. Se trata de una tarea compleja que requiere una sofisticada capacidad de gestión de la información para procesar las alertas de los proveedores de salud, laboratorios y otras fuentes, para así poder responder con prontitud.
El enfoque Una sola salud, que aborda la salud humana, animal y ambiental con una perspectiva integradora, es esencial en este contexto. Casi el 75 % de las nuevas enfermedades se originan en animales y se transmiten a los humanos, como fue el caso de la COVID-19 (y del SIDA hace décadas). Entre las mayores amenazas en este contexto se encuentra la propagación de la resistencia a los antimicrobianos, que según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) causó 1,27 millones de muertes en todo el mundo en 2019, y es una responsabilidad compartida de los sectores de la salud, la veterinaria y la agricultura.
Los países de la región reciben asistencia de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en una amplia gama de áreas técnicas relacionadas con la prevención, detección y respuesta a las amenazas de enfermedades infecciosas. Además, los países invierten en preparación con subvenciones de iniciativas globales como el Fondo para Pandemias, así como con fuentes nacionales y multilaterales (Bolivia y los estados brasileños de Sergipe y Bahía, por ejemplo, están invirtiendo en la mejora de los equipos e instalaciones de los laboratorios de salud pública en operaciones apoyadas por el BID). La cartera de inversiones del BID incluye proyectos en servicios sanitarios y fitosanitarios agrícolas y ganaderos, incluidos laboratorios veterinarios y erradicación de enfermedades animales.
A pesar de estos esfuerzos, todavía existen importantes brechas en la preparación para pandemias en la región. Cada año, los países informan de sus capacidades para aplicar el Reglamento Sanitario Internacional (RSI), como la vigilancia epidemiológica, los laboratorios de salud pública o la gestión de emergencias. El último puntaje promedio de la región es de 61,8, por debajo de la media mundial, lo cual la ubica en el penúltimo lugar entre las seis regiones de la OMS.

Y el riesgo de nuevas epidemias y pandemias está siempre presente. El hecho de que en 2024 la región de ALC haya sufrido la epidemia de dengue más severa de la historia es un recordatorio de la vulnerabilidad ante las enfermedades infecciosas. El brote de viruela del mono fue declarado emergencia mundial, aunque el impacto más grave sigue siendo en África. La reciente propagación de la gripe aviar a más especies es motivo de preocupación científica y también ha perturbado la cadena de producción de alimentos, lo que ha causado una escasez de huevos en Estados Unidos. El virus de la gripe aviar no ha mostrado capacidad de propagarse de humano a humano, a diferencia del COVID-19, pero sus recientes mutaciones aumentan la probabilidad de que pueda hacerlo en algún momento en el futuro, lo que podría potencialmente conducir a un escenario pandémico.
Cinco años después del inicio de la pandemia de COVID-19, ante estas vulnerabilidades, las inversiones en preparación para una pandemia requieren de una dosis de refuerzo para mantener y fortalecer las defensas de la región contra las amenazas de enfermedades infecciosas que afectan a la salud, el bienestar social de la población y la economía.
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