“Hay golpes en la vida, tan fuertes…”

Nos acordaremos siempre de Evangelina Chamorro, no necesariamente por su nombre, sino por su imagen cubierta de lodo, golpeada, como tantos de sus compatriotas, por Los Heraldos Negros del cambio climático—hoy, lluvias torrenciales; mañana, huracanes o sequías—que golpean fuertemente y cada vez de manera más frecuente, a América Latina y el Caribe.  Muchos de estos desastres naturales afectan de manera particular a las ciudades, que dejan por un momento de ser centros de historia, cultura y oportunidades de trabajo, para transformarse en campos de batalla contra el cambio climático.

Evangelina Chamorro saliendo de los escombros. fuente: Captura TV

Pero por más golpeada que sea una ciudad o un país, el caso de Evangelina nos recuerda el significado de la palabra resiliencia—afrontan la adversidad, siguen andando, adaptándose a las tragedias y superándolas. Y también nos recuerda un desafío constante: cómo traducir el concepto de resiliencia a la planificación, la inversión y el mantenimiento de las obras.

Hace unas semanas, la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios del Perú nos invitó a conversar sobre el tema de la resiliencia, compartiendo experiencias de México, Uruguay, Chile, Colombia, Ecuador y países en Asia; información y datos sobre zonas de riesgos; e instrumentos legales para lograr una reconstrucción resiliente. Esta experiencia nos dejó dos mensajes.

  1. La labor de reconstrucción tiene varias etapas. Desde las respuestas inmediatas a las emergencias hasta la planificación de largo plazo, cada etapa es crucial.  En cada una de ellas, se trabaja con todas las partes involucradas – sean del sector público, del sector privado, de la sociedad civil o del mundo académico. La etapa post-desastre es un periodo catalizador donde se mezclan la buena voluntad, el compromiso hacia la ciudad y el país y varios niveles de conocimiento. Esto invita a reflexionar sobre la necesidad de realizar mapeos rápidos de las zonas de riesgos y de la importancia de involucrar a los propios habitantes de las ciudades que conocen sus calles, sus tiendas, sus laderas y sus huaycos. En este proceso, la prioridad son,necesariamente, las poblaciones más expuestas a los desastres naturales.
  2. Así como la reconstrucción tienen varias etapas, también tiene varias escalas geográficas, desde lo local hasta lo regional. Por ejemplo, no es lo mismo analizar los riesgos y pensar la reconstrucción a nivel ciudad que a nivel de cuenca. Existen una gran cantidad de información sobre riesgos y es vital compartirla, buscando procesos integrales. Con el mismo espíritu, la prioridad debe ser el lograr consenso sobre las actividades, para lo cual es clave mostrar flexibilidad y pensar herramientas y alternativas que permiten mantener el dialogo a lo largo de la reconstrucción.

Las inundaciones serán una de las grandes amenazas para nuestras ciudades. Fuente: Pixabay

El cambio climático es una realidad. Nuestra conversación con la Autoridad incluyó una útil discusión sobre la necesidad de pensar la naturaleza como parte integral de las ciudades, incluyendo infraestructuras naturales al proceso de reconstrucción. También incluyó un intercambio de ideas sobre lo que se ha venido llamando ciudades “biofílicas” para promover la introducción y protección de áreas verdes naturales al interior de las ciudades. El proceso de reconstrucción podría incluir esta nueva dimensión.

Como dijo el poeta César Vallejo: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”—superar los desastres y, como Evangelina, aferrarse a la vida y prepararse para futuros golpes climáticos. Incluir el entorno natural de la ciudad, con sus riesgos, en el proceso de desarrollo urbano es parte de esta preparación. Eso implica varios compromisos, desde la inclusión de la gestión de riesgos a la educación de los habitantes. El proceso de resiliencia tiene así el potencial de ser una parte fundamental de la reconstrucción de las ciudades peruanas.