Cada 20 de noviembre celebramos el Día Internacional de la Infancia, una fecha para recordar la adopción de la Declaración de los Derechos del Nino en 1959 y la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño 30 años después. Aprovechemos esta ocasión para echar una mirada a un tema relevante no solamente para los padres sino también para las autoridades en los gobiernos municipales: la calidad de los centros infantiles y el rol que puede jugar en el desarrollo de los niños a lo largo de toda su vida.

Muchos padres en América Latina y el Caribe, como en todo el mundo, en algún momento enfrentan la decisión de mandar su hijo o hija a un jardín infantil. Tal como muestran  datos de Brasil, Chile, Uruguay y otros países de la región, esto es particularmente cierto en las ciudades, donde la oferta de estos servicios ha crecido de manera extraordinaria en la última década y suele ser mucho mayor que en el área rural (con excepción de Ecuador que muestra matrículas parecidas en el ámbito urbano y rural).

Los motivos varían: en muchos casos el empleo de la madre es la razón principal. En otros casos, los padres creen que el jardín es lo mejor para el desarrollo de sus hijos, al menos durante unas horas al día. Es una decisión difícil que está relacionada tanto con consideraciones económicas como con el deseo de todo padre y madre de dar lo mejor a sus pequeños. Pero ¿qué es lo mejor para ellos? Veamos qué dice la evidencia acerca de dos aspectos clave: la calidad de los servicios ofrecidos en los jardines y los impactos que pueden tener en el desarrollo de los niños.

¿Qué sabemos sobre la calidad de servicios de jardines infantiles?

La respuesta corta es: poco. Sobre todo cuando se trata de jardines privados, ya que la mayoría de los gobiernos de la región no cuentan con un sistema de monitoreo y acreditación. En el caso de la oferta pública, la información es un poco mayor, como muestran los siguientes casos: El capítulo 4 del libro “Los Primeros Años” resume trabajos recientes de mediciones de calidad de centros infantiles públicos en Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia, Chile y Brasil, realizadas mayoritariamente con los instrumentos ITERS o ECERS. En la mayoría de estos países, los centros resultan de una calidad “inadecuada.” En el mejor de los casos (Chile y algunas ciudades en Brasil) de calidad “mínima”. Sobre todo en cuanto a los aspectos de interacción emocional y pedagógica entre educadores y niños, estos resultados son desalentadores porque este componente de calidad, denominado “calidad de procesos”, está directamente relacionado con los efectos que un jardín infantil puede tener en el desarrollo de los niños.

¿Qué impacto tienen los jardines infantiles en el desarrollo de los niños?

Aun hay pocos estudios serios sobre el impacto de jardines infantiles en la región comparado con la evidencia de Estados Unidos, Canadá o los países nórdicos. Los estudios existentes están resumidos en el libro mencionado arriba y muestran que los jardines infantiles de muchos programas grandes en países desarrollados tienen impactos positivos en el desarrollo cognitivo y del lenguaje de niños que vienen de hogares desfavorecidos.

Esto quiere decir que impactos positivos se producen sobre todo cuando el servicio presenta un entorno relativamente mejor para el desarrollo infantil que el hogar. Al mismo tiempo, en el ámbito del desarrollo socioemocional y de conducta, numerosos estudios de estos países muestran efectos negativos en los niños, sobre todo cuando asisten por muchas horas al jardín. La situación en América Latina es similar. Por ejemplo, en Ecuador se encontraron efectos negativos en el desarrollo cognitivo y de lenguaje y ningún impacto en motricidad y desarrollo social. Dos estudios de Colombia muestran que los impactos empeoraron en los niños cuando se remplazan los centros infantiles comunitarios por centros grandes de 150 a 300 niños, y se observan mejoras en ciertos ámbitos del desarrollo cuando el programa invirtió en capacitaciones intensivas del personal de 2500 horas de clases.

Por lo tanto, la decisión de mandar o no a los pequeños a un jardín infantil no es nada fácil, ya que el bienestar de los niños y los intereses de las madres (o padres) pueden incluso divergir en esta pregunta. La situación descrita de los jardines permite sacar algunas conclusiones que pueden orientar la decisión:

  • El bienestar del niño debe estar por encima de cualquier otro factor a considerar.
  • Un jardín infantil de calidad puede favorecer al desarrollo de los niños, particularmente cuando vienen de un entorno vulnerable donde las condiciones para una atención cariñosa, seguridad y alimentación son peores que en el jardín.
  • Según explica la nueva serie de The Lancet sobre desarrollo infantil, si existe la opción del cuidado en casa por una persona adulta (no tiene que ser la madre) con la cual el niño puede establecer una relación de confianza y que pueda darle un “cuidado cariñoso y sensible a sus necesidades,” entonces el hogar es un lugar ideal para el niño. Esto aplica al menos hasta los 2 o 3 años, edad a partir de la cual los pequeños empiezan a socializar con otros niños y hacer amigos.
  • Antes de decidirse por un jardín infantil particular (privado o público), los padres pueden indagar sobre su calidad, sobre todo acerca del personal educativo: su formación, experiencia y capacitación continua, la tasa de niños por educador (mientras menos, mejor) y sobre todo las interacciones y el estilo de los educadores con los niños: ¿Son cálidos, sensibles, responden sus preguntas con interés, les leen y les cantan, se agachan para hablar con ellos “de cara a cara”, les explican y les hablan mucho?

Ojalá este Día Internacional de la Infancia sea motivo para que más niños reciban este tipo de cuidado y puedan aprovechar su potencial de desarrollo al máximo. Y ojalá las autoridades prioricen la mejora de la calidad de procesos de jardines existentes antes de construir nuevas instituciones.

Julia Johannsen trabaja como especialista senior en protección social en las oficinas del BID en Ecuador desde el año 2015. Previamente se ha desempeñado en las oficinas de Bolivia y Washington. Su trabajo se centra en el diseño e implementación de programas de transferencias condicionadas, sistemas de registro, medición de pobreza y focalización de programas sociales y desarrollo infantil temprano.