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Por Rita Sorio.

Anabella, de 5 años, proviene de una familia humilde de Las Breñas, en el Chaco argentino, alejada de la capital del país y de los principales centros de referencia en salud*. A pesar de ello, pudo acceder a tiempo a una operación cardíaca de máxima complejidad y alto costo, sin esperas ni traslados excesivos. Y con un resultado exitoso.

El caso de Anabella no es excepcional y es el resultado de un proceso de cambio en el modelo de gestión sanitario en América Latina y el Caribe, como ya lo hemos mencionado en un artículo anterior. La región, con Argentina a la cabeza, ha priorizado las políticas públicas para atender las cardiopatías congénitas.

Éstas se diagnostican al momento del nacimiento si el niño presenta alguna anomalía que afecta la estructura, la función o el metabolismo de su corazón. Se trata de una enfermedad grave, con incidencia en la mortalidad infantil, pero que puede tratarse con un diagnóstico oportuno y un tratamiento adecuado. Por eso, la eficacia en su abordaje viene ganando espacio en las agendas públicas de salud.

Cómo empezó a cambiar el panorama

En 2002, los médicos argentinos estaban preocupados. Los diagnósticos cardíacos fallaban, la detección era tardía y los traslados lentos y complejos. En ese momento el Hospital Nacional de Pediatría Juan P. Garrahan realizaba alrededor de 600 operaciones anuales, para las que los niños esperaban un promedio de un año y medio. “Las cardiopatías congénitas suelen ser tan graves que, si no son reconocidas y tratadas a tiempo, los bebés mueren en los primeros meses de vida”, contaba Horacio Capelli, jefe de Cardiología en dicho hospital, en un artículo publicado en 2002 en el diario La Nación.

El cambio era vital y prioritario y en 2006 el Ministerio de Salud argentino comenzó a trabajar en una estrategia nacional para la atención de estas patologías, pionera en impulsar un nuevo modelo de gestión sanitaria. En 2008 creó el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, con un primer objetivo de reducir los tiempos de espera de los niños que necesitaban cirugías.

Un año después, incorporó la atención integral de cardiopatías congénitas a los servicios públicos del Plan Sumar para asistir a mujeres embarazadas y niños sin cobertura de salud, permitiendo que niños y niñas de todo el país reciban su operación y seguimiento de manera eficaz y gratuita.

Esta “revolución silenciosa” en el sistema sanitario incluyó mejoras en el diagnóstico fetal, sistematización de los registros, articulación y trabajo en red, coordinación eficiente de los centros de salud y seguimiento de los pacientes.

Diez años después, los resultados hablan por sí solos: el tiempo de espera para cirugías programadas se redujo un 75%, las detecciones y reportes de cardiopatías aumentaron 50%, y más del 75% de los casos fueron tratados en la región de origen exitosamente.

Retos que persisten

Inspirados en el modelo argentino, cada vez son más los países que están apostando a la atención integral de las cardiopatías congénitas como prioridades en sus agendas sanitarias. Estos programas tienen más potencia y cuentan con mayor cobertura. Sin embargo, este camino supone grandes desafíos para la realidad latinoamericana e implica la necesidad de:

1. Fortalecer los programas de formación de recursos humanos para mejorar las capacidades diagnósticas y la formación de los equipos quirúrgicos.

2. Crear redes de atención integral de las cardiopatías congénitas (diagnóstico, intervención quirúrgica y seguimiento pos-quirúrgico) con un sistema de regionalización de las atenciones para optimizar el uso de los recursos existentes, por ejemplo, quirófanos y personal especializados.

3. Definir estándares de calidad rigurosos e implementar un esquema de acreditación de establecimientos quirúrgicos para asegurar la eficacia de las intervenciones.

4. Mejorar las estrategias de financiamiento, de particular importancia para países con inequidades regionales y desigualdades de acceso.

5. Sensibilizar a la población sobre la importancia de los controles para su detección desde el embarazo.

A pesar de estos retos, como latinoamericanos debemos alegrarnos con los avances conseguidos. Tanto pacientes como personal médico hoy reconocen la diferencia entre el “antes” y el “después”. Para familias como la de Cynthia Carrasco, cuyo hijo de 8 años pudo ser operado en su pueblo a mil kilómetros de Buenos Aires sin necesidad de trasladarse, estas buenas nuevas para el corazón bien valen la pena compartir.

¿Conoces casos de niños afectados por cardiopatías congénitas? ¿Cómo se tratan en tu país o localidad? Cuéntanos en la sección de comentarios o menciona a @BIDgente en Twitter.

Rita Sorio es especialista líder en protección social y salud en el Banco Interamericano de Desarrollo en Uruguay.

*Testimonio de Claudia Escalada, madre de Anabella Paz, de 5 años, operada debido a una cardiopatía congénita.

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