¿Qué conceptos asocias inmediatamente cuando alguien te pregunta sobre sostenibilidad? Probablemente pensarás en energías renovables, reciclaje, transporte verde, entre otros conceptos relacionados con una mirada futura y a largo plazo, algo duradero en el tiempo.

Y ¿qué conceptos asocias inmediatamente cuando te dicen patrimonio cultural? Probablemente: raíces, historia, pasado, arte, teatro, entre otros. Entonces estarás pensando que estas asociaciones espontáneas ubicarían los conceptos sostenibilidad y patrimonio cultural en direcciones opuestas.

Paradójicamente, ¿te parecería lógico que el patrimonio cultural se asocie directamente a la sostenibilidad? Pues debería, porque ambos en esencia promueven la equidad intergeneracional, preservando aquellos bienes, tanto naturales como culturales, que tal como enunciaba Brundtland en 1989 generaciones pasadas aspiran dejar en herencia a generaciones futuras.

Nadie cuestionaría que queramos sostener elementos monumentales como las pirámides de Teotihuacán para que futuras generaciones puedan apreciarlos. Pero en el caso del patrimonio cultural urbano – el grupo de bienes materiales e inmateriales con valor histórico localizados en una ciudad– que es mayor en número, más anónimo o de valor nacional y local, y con un intenso uso continuo, la relación es aún más directa y urgente con el desarrollo sostenible. Aquel sitio con mayores posibilidades de adquirir índices altos de sostenibilidad ambiental es aquel que reutiliza la infraestructura y redes existentes para responder a funciones actuales y que en términos meramente energéticos dista de la nueva construcción, sin sumar los ahorros de materiales y menores emisiones por conectividad.

Considera por un momento que los edificios, al igual que las personas, tienen un impacto medioambiental durante todo su ciclo de vida. En términos específicos de energía, la construcción de una casa nueva, comparada con una casa antigua renovada, tomaría 6-50 años en equipararse, rango que depende de cuan eficiente es el sistema de energía instalado en la nueva casa. Según el National Trust for Historic Preservation, una nueva construcción, que es en promedio 30 por ciento más eficiente energéticamente que una construcción antigua, tomaría de 10 a 80 años en compensar los impactos negativos al cambio climático relativos a su proceso constructivo.

La suma de edificios y su entorno construye también oportunidades de sostenibilidad en su conjunto. La oportunidad más literal es reutilizar la infraestructura o tejido de redes existentes, por ejemplo: las conexiones sanitarias. Asimismo, la creciente rehabilitación de centros históricos y de barrios patrimoniales, ha permitido que más personas puedan vivir en los espacios más conectados a transporte público dentro de las ciudades, con servicios próximos y por consiguiente promover la ciudad compacta, según lo comprometido en Hábitat III. Es así como el patrimonio cultural urbano constituye un espacio de oportunidades para el desarrollo sostenible de una ciudad en su conjunto.

Si además el centro histórico o los barrios patrimoniales cuentan con un tejido social y cultural de larga data, esto ampliaría sus posibilidades de obtener una sostenibilidad social vinculada a las redes, como también al acceso, valoración y apropiación de la identidad del lugar y del estilo de vida desarrollado en ese espacio común. Una tradición cultural fuerte no es una limitante para el desarrollo sostenible, es un carácter o condición común a un sitio, con un potencial político que podría poner a trabajar a todo un barrio en su conjunto. Como se suele recalcar frecuentemente, hoy en día, todos quieren desarrollar una ciudad inteligente, o SmartCity, pero la inteligencia de la ciudad radica en cómo maneja lo que la distingue – su patrimonio e identidad propia.

Asimismo, si como la mayoría de los centros históricos, este sitio cuenta con una tradición productiva local, una aglomeración o alto flujo de personas y un paisaje atractivo, posibilita el desarrollo económico local innovador y mezcla de usos, por lo que su sostenibilidad financiera y económica es alentadora.

Esa es la premisa que actualmente guía el trabajo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la promoción de la sostenibilidad en las ciudades de America Latina y el Caribe. El Banco Interamericano de Desarrollo ha invertido aproximadamente US$730 millones durante los últimos 20 años para la revitalización de centros históricos y turismo cultural a través de 69 préstamos y cooperaciones técnicas. A esta larga experiencia se ha sumado a iniciativas innovadoras más recientes, tales como el Programa de Ciudades Emergentes y Sostenibles (CES) de la División de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD), creada para para atender a las necesidades y retos específicos del desarrollo urbano sostenible en las ciudades intermedias de  América Latina y el Caribe, La confluencia de ambas prioridades ha generado Planes de Acción  donde la revitalización de centros históricos o barrios patrimoniales de la ciudad se identifica como intervenciones estratégicas para promover el desarrollo de ciudades más equitativas, competitivas, y sobre todo, más sostenibles. En efecto de los 71 de planes de acción desarrollados desde la creación de la iniciativa, 26 identifican acciones específicas sobre el patrimonio cultural urbano para promover su conservación, puesta en valor y desarrollo en el marco de la ciudad como un todo.  Los casos de Santa Ana en El Salvador y de Valdivia en Chile, son dos ejemplos ilustrativos de este enfoque.

El Plan de Acción de Santa Ana conjuga la sostenibilidad ambiental a escala ciudad por ejemplo en el manejo de aguas, mejoras en la seguridad vial y ordenamiento del transporte público, con una estrategia económica especifica del centro histórico diversificada y competitiva, generando empleo mediante el mismo proceso de restauración del patrimonio cultural y la creciente promoción del turismo de Santa Ana. Asimismo, entendiendo las ventajas que presenta el paisaje patrimonial y su condición central y conectada, para atraer inversión al centro sin ir en desmedro de su patrimonio, el Plan de Acción de Santa Ana propone simplificar trámites y procesos para las empresas locales y fomentar la innovación por medio de la creación de un clúster educativo.

Centro histórico de Santa Ana. Fuente: Ciudades Sostenibles

Por su parte, diversos actores de la ciudad que participaron del Plan Acción de Valdivia, destacan el rol clave que juega tanto el patrimonio cultural y natural en torno al río, como la escala humana y la alta concentración de centros de formación e investigación para mejorar la calidad de vida y atraer y retener más talento e inversión en la ciudad. Sumado al trabajo a nivel de ciudad por sectores (que incluyen estrategias de riesgo para terremotos y eficiencia energética vinculada al tradicional uso de leña, por ejemplo), el modelo CES trabajó con planes integrados de focalización territorial, siendo prioritario el centro histórico. En el centro de Valdivia tienen lugar actividades comerciales y administrativas, pero presenta un avanzado estado de deterioro y subutilización.  Para volver el centro de Valdivia más atractivo para vivir, visitar e invertir, se plantea posicionar al peatón como usuario principal del espacio público y generar incentivos para la re-densificación al activar espacios baldíos y desarrollar un programa de restauración patrimonial y de formación en oficios ligados al turismo y a la cultura.

Valdivia. Fuente: Ciudades Sostenibles

Ambos casos, Santa Ana y Valdivia, exploran las ventajas comparativas propias de la ciudad y su historia para impulsar procesos de desarrollo sostenible donde la preservación dinámica del patrimonio histórico de la ciudad se identifica como pieza estratégica para mejorar las condiciones de vida para sus residentes y se generan beneficios para la ciudad como un todo.  Desde la experiencia del BID, los proyectos de revitalización de los centros históricos y barrios patrimoniales se tornan evidentemente sostenibles en la medida que se insertan dentro de un círculo virtuoso estratégico que entiende, protege y aprovecha las ventajas identitarias del lugar para beneficio de residentes y visitantes.

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