Ocio 2Foto: Ramón Zamora

El ocio en América Latina no suele gozar de buena reputación. Por una parte, la revista uruguaya Caras y Caretas recoge declaraciones de un director de un centro penitenciario en las cuales aboga por “trabajo y estudio para combatir el ocio.” Por otra, la memoria y cuenta de una institución pública venezolana menciona “la creación de infraestructuras culturales, como espacio para el esparcimiento, la recreación y en detrimento del ocio.”

Concebido por los griegos como skholé o ejercicio de contemplación filosófica, el ocio fue en sus inicios un ejercicio reservado para hombres libres que, a partir de las condiciones propias de su sociedad y ajenos al trabajo de subsistencia realizado por los esclavos, intentaban descifrar el mundo bajo el designio de procurarse una vida dichosa, placentera y feliz.

Posteriormente, los romanos, ante la necesidad de administrar una realidad mucho más compleja, percibieron la necesidad de repensar el ocio en función de las responsabilidades de su clase dirigente (ocio con dignidad), así como el de las multitudes (ocio del pueblo). En este sentido, habría un otium dedicado a actividades satisfactorias, principalmente de índole intelectual, por parte de las élites romanas y otro más asociado a la diversión, pero en clave masiva. No en balde, espacios como el Anfiteatro Flavio o Coliseo servían de escenario para eventos multitudinarios que apaciguaban, con perdurable eficacia, el descontento popular. De ahí, la advertencia contemporánea del carácter manipulador o alienante que puede tener el ocio si la mera diversión llegase a dominar completamente su tiempo y espacio.

Así las cosas, el ocio no sufrirá mayores cambios en su pensamiento y acción hasta la consolidación medieval de la Iglesia Católica y, posteriormente, por la influencia de la ética protestante en la denominada modernidad. El ocio pasará a ser considerado pecado y vicio, iniciándose así un sostenido declive del que no se recuperará, más allá de las tentativas renacentistas, hasta el siglo XX. Dicha consideración hizo posible que el ocio antiguo, convertido en femenina ociosidad, fuera mostrado a partir de entonces como la “madre de todos los vicios” y, posteriormente, con el arribo de la Revolución Industrial como mero tiempo libre.

Efectivamente, la Revolución Industrial del siglo XVIII es heredera de una concepción del ocio desprovista del prestigio que ostentó entre los griegos, los romanos y algunos pensadores cristianos. El ocio trastocado en ociosidad y la significación del tiempo libre en oposición al tiempo de trabajo redundaría así en una mayor confusión.

Si bien el siglo XX fue testigo del notable esfuerzo que llevó a cabo el mundo académico, principalmente europeo y anglosajón, así como también de la World Leisure Association, por distinguir al ocio como un derecho humano fundamental que incide en el desarrollo personal y social, impacta en la creación de empleo, bienes y servicios, y fomenta hábitos de vida saludable, en América Latina seguimos encontrándonos con semejantes apreciaciones.

 Ocio 3Foto: Ramón Zamora 

Afortunadamente, existen experiencias que ponen en evidencia cómo la región está dando pasos firmes para comprender mucho mejor el fenómeno del ocio:

  • En 2009, la Universidad Federal de Minas Gerais publicó un libro titulado Lazer na América Latina/Tiempo libre, ocio y recreación en Latinoamérica, el cual busca “registrar, sistematizar, difundir y ampliar el intercambio de experiencias sobre el ocio en América Latina.”
  • Medellín, Colombia, es una ciudad que decidió cambiar para mejor gracias a un ambicioso programa de políticas públicas centrado en la educación, la provisión de equipamientos culturales, turísticos, deportivos y recreativos, y el rescate de áreas verdes y espacios públicos.

Ocio 1

A fin de cuentas, en palabras de Sebastian De Grazia: “Comenzamos a comprender ahora cómo se relaciona el ocio con la política. Si el hombre tiene ocio solamente cuando es libre, el buen estado debe existir para darle ocio (…) Es sorprendente que pocos filósofos se hayan dado cuenta de la conexión entre la libertad y el ocio como fines del Estado”. Una reflexión que sitúa a las ciudades en el centro de una línea de trabajo que hemos denominado ocio público,  entendido básicamente como una decidida y variada oferta de las autoridades municipales en el ámbito de la cultura, el deporte, el turismo y la recreación.

Bajo este concepto, es importante destacar que “ocio” no debe ser tomado como sinónimo de “ociosidad”, así como tampoco mero tiempo libre, y que sus equivalentes lazer (portugués), leisure (inglés) y loisir (francés) han superado tal confusión y lo asumen indistintamente como experiencia individual y fenómeno social de extraordinario potencial para el desarrollo humano. América Latina comienza, progresivamente, a ser consciente de ello.

Efrén Rodríguez Toro cuenta con una Licenciatura en Educación, mención: Ciencias Pedagógicas de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Posteriormente, obtuvo una maestría en Estudios Políticos Aplicados en la Fundación Internacional y para Iberoamérica de Administración y Políticas Públicas (FIIAPP) y otra en Gerencia Pública en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA). Actualmente, cursa estudios de Doctorado en la Universidad de Deusto (UD) en el Programa de Ocio, Cultura y Comunicación para el Desarrollo Humano, bajo el auspicio del Programa de Becas Cátedra Unesco-Grupo Santander. Ha trabajado en las organizaciones no gubernamentales venezolanas Liderazgo y Visión y Súmate, además de ser profesor fundador del Seminario de Gerencia Pública en la Escuela de Administración y Contaduría de la UCAB. De igual forma, se ha desempeñado como consultor pedagógico en los sectores público y privado. Sus correos electrónicos son: efren.rodriguez@opendeusto.es y er251173@gmail.com