La tasa de urbanización de Latinoamérica es de casi el 85%,  acomodando a más de  315 millones de residentes en sus ciudades. Un tercio de esta población se localiza en los diez centros urbanos más grandes de la región, cantidad equivalente a la suma de los ciudadanos de todos los países de América Central y el Caribe.

Pero el crecimiento de las ciudades está lejos de borrar las diferencias entre quienes las habitan. Los contrastes sociales son profundos y dejan su impronta en la forma urbana. Una de sus manifestaciones más evidentes aparece en la proliferación de las urbanizaciones cerradas. En la región, estas urbanizaciones son hogar para 10 millones de habitantes, poniendo en evidencia una crisis de gobernabilidad presente y de sustentabilidad futura.

El diseño, el uso, y el discurso de los promotores privados de las urbanizaciones cerradas varían poco entre ciudades o países. Las diferencias solo se tornan evidentes cuando ponemos estas transformaciones urbanas en  el contexto histórico nacional. Por ejemplo, los suburbios de Estados Unidos, cuya semántica es repetida en Latinoamérica,  crecieron al ritmo de la red de carreteras y del acceso al crédito hipotecario. Sin embargo, carreteras y créditos siguen siendo escasos en Latinoamérica; donde las periferias urbanas suelen carecer de servicios y acomodar a quienes no pueden acceder a una vivienda en la ciudad. En este contexto, y como modo de atraer a sectores de mayores ingresos a la periferia, surgen con fuerza las urbanizaciones cerradas.

Pero las urbanizaciones cerradas no hubiesen prosperado sin el apoyo del sector público. Por ejemplo en el caso de Buenos Aires, la interrupción de la política nacional de fomento de la  industria en la ciudad impulsó que los municipios pobres de la periferia buscasen modos alternativos para agilizar su economía. La rezonificación del uso de suelo de industrial a residencial, junto con la flexibilización de los permisos de construcción, fueron un magneto que estos municipios utilizaron para atraer inversiones privadas a grandes extensiones de tierras que carecían de servicios municipales. La proliferación de barrios cerrados en municipios pobres fue una de las consecuencias de esta estrategia. A su vez, estos nuevos usos del suelo profundizaron  los contrastes sociales en las periferias urbanas, al mismo tiempo que los contrastes entre el centro tradicional y las periferias disminuían.

Hoy por hoy, una geografía densa y discontinua caracteriza las grandes ciudades latinoamericanas; donde la  interacción de procesos globales y nacionales explica la forma urbana. Entender la historia institucional y económica detrás de estas transformaciones es fundamental para extraer lecciones útiles sobre nuestras ciudades.