La mina de oro de la diáspora

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Muchos países tienen diásporas de importancia, pero esto no es algo de lo que suelen estar orgullosos. Después de todo, la gente no tiende a salir de un país exitoso, de modo que la diáspora suele recordar los momentos negros de una nación.

Para citar el ejemplo de sólo tres países, en 2010 más del 10% de la población nativa de El Salvador, Nicaragua y Cuba vivía en el exterior. Y esta cifra no toma en cuenta a sus descendientes. La mayor parte de esta emigración se produjo durante guerras civiles o revoluciones. En otras naciones, la emigración masiva tuvo lugar dentro de un contexto de cambio político, como en Europa cuando colapsó el comunismo.

La relación entre las diásporas y sus patrias con frecuencia abarca una amplia gama de sentimientos, entre ellos, la desconfianza, el resentimiento, la envidia y la enemistad. En términos coloquiales, cuando se habla de una ola de emigración, se dice que fue un período en que un país “perdió” una cierta proporción de su población.

No obstante, quienes dejan un país no desaparecen. Continúan estando vivos y socialmente activos. En consecuencia, se pueden convertir en un activo valioso no sólo para su nación de destino sino también para su país de origen.
Una conexión importante son las remesas, que suman alrededor de US$500 mil millones anuales a nivel mundial. Los mayores beneficiarios son India, México y Las Filipinas. En países como Armenia, El Salvador, Haití, Honduras, Jamaica, Kirguistán, Lesoto, Moldava, Nepal y Tayikistán, las remesas de los expatriados equivalen a más de un sexto del ingreso nacional – una cantidad que suele superar a las exportaciones. Y, como lo ha subrayado Dilip Ratha, del Banco Mundial, este dinero puede hacer mucho bien.

Pero el potencial económico de una diáspora va mucho más allá de las remesas. Según lo ha documentado el historiador Philip Curtin, desde los comienzos de la vida urbana, hace milenios, el comercio típicamente ha involucrado a redes de comerciantes de la misma etnia que viven entre extranjeros. Los griegos, los fenicios, los comerciantes trans-saharianos, la Liga Hanseática, los judíos, los armenios, la diáspora china, las compañías de las Indias Orientales de los holandeses y los británicos, organizaron gran parte del comercio mundial a través de dichas redes. Si bien estos comerciantes extranjeros a veces fueron poderosos en términos políticos en sus países de acogida, también con frecuencia fueron débiles y objeto de discriminación.

El economista Avner Greif sostiene que la durabilidad y resiliencia de las redes co-étnicas a través de la historia obedecen a su capacidad de cumplir contratos a larga distancia dentro de marcos institucionales que no podían hacerlo de manera confiable. A dichas redes les era posible establecer confianza entre exportadores e importadores porque podían castigar un comportamiento oportunista. En una comunidad muy integrada, los costos en términos de reputación y otras formas de castigos sociales trascienden la geografía: no pagar los productos puede conllevar la imposibilidad de casar bien a los hijos.
Las instituciones jurídicas han evolucionado desde entonces para facilitar el comercio impersonal. Ya no es necesario que importadores y exportadores se conozcan, puesto que pueden suscribir contratos cuyo incumplimiento queda en manos de la justicia.

Sin embargo, es muy posible que el impacto de las redes co-étnicas continúe siendo tan importante como siempre. Como lo han demostrado Hillel Rapoport, de la Escuela de Economía de París, y sus coautores, controlando otros condicionantes del comercio, los países desarrollan mayores vínculos comerciales y realizan más inversiones en las naciones de donde son originarias sus diásporas. Rapoport también demuestra, en otro estudio que realizó recientemente con Dany Bahar, que los países se vuelven buenos en la fabricación de productos que se hacen bien en los países de donde provienen sus migrantes.

En mi opinión, estos resultados son consecuencia del conocimiento tácito o know-how. Para hacer cosas, es necesario saber cómo hacerlas, y este know-how es mayormente inconsciente. Al fin y al cabo, casi todos sabemos andar en bicicleta, pero en realidad no estamos conscientes de lo que nuestro cerebro hace para que lo logremos, ni de cómo desarrolla esa habilidad a través de la práctica.
Este know-how cambia de ubicación geográfica al trasladarse con el cerebro de quienes lo poseen y es transferido a terceros en los sitios de trabajo. Ésta es la razón por la cual las gastronomías étnicas no se difunden a través de libros de cocina, sino de las diásporas. Y puede que también sea la razón de que las economías donde los grupos de migrantes son más diversos obtienen mejores resultados. Además, los migrantes que regresan a sus países de origen suelen constituir una importante fuente de nuevas habilidades para un país. Ljubica Nedelkoska, en un trabajo en curso realizado en el Center for International Development de la Universidad de Harvard, ha descubierto que los salarios de los albanos que nunca dejaron su patria tienden a aumentar cuando los migrantes regresan.
Las pruebas de que las diásporas son importantes están en todas partes, si uno se da la molestia de buscarlas. Franschhoek (Rincón Francés en Afrikaans) es un hermoso valle cerca de Ciudad del Cabo, donde se asentaron hugonotes a fines del siglo XVII. Es por esto que hasta hoy ahí se produce vino.
De manera similar, Joinville es una ciudad ubicada al sur de Brasil donde a fines del siglo XIX se asentó un grupo de alemanes sin mayor educación. Pero debido a los vínculos culturales que ellos y sus descendientes mantienen con su madre patria desde hace más de 120 años, la ciudad hoy día sobresale en la manufactura avanzada de productos que no habían sido inventados cuando llegaron los migrantes. En Marruecos existe un sinnúmero de centros de llamadas en francés que obtienen sus contratos a través de algún primo en París.
La industrialización del Asia Oriental utilizó los vínculos que pre-existían entre distintas diásporas chinas. Las industrias de alta tecnología de la India, en gran medida fueron creadas por migrantes que regresaron y están profundamente conectadas con su diáspora. Israel es un estado creado por su diáspora, y su floreciente sector de alta tecnología también se ha beneficiado de los vínculos mantenidos con las comunidades judías del mundo. En contraste, aunque muchos países latinoamericanos tienen importantes diásporas en el extranjero, en pocos se han producido historias de éxito semejantes.
La diáspora de un país, así como las diásporas que un país acoge, pueden ser un gran activo para su desarrollo. Las diásporas no son gusanos, para emplear el término con que Fidel Castro se refiere a los cubanos que viven en el exterior. Son un canal a través del cual puede fluir no sólo dinero, sino también una gran cantidad de conocimiento tácito, además de ser una fuente potencial de oportunidades para el comercio, la inversión, la innovación y la creación de redes profesionales.
Pero la magia económica de una diáspora sólo puede funcionar si el país anfitrión la tolera y el país de origen la aprecia. Los gobiernos deberían desarrollar estrategias para sus diásporas que aprovechen los sentimientos naturales de identidad y afecto, y así cultivar esta red social como fuente poderosa de progreso económico.

Por @ricardo_hausman

Traducción de Ana María Velasco

Publicado en Project Syndicate

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