*Por Martin Quiroga Barrera

En Big data, la recolección de datos es el primer paso. Desde hace un tiempo, los ciudadanos han comenzado a producir y generar información relevante para los gobiernos, dando lugar a lo que se conoce como ciencia ciudadana (citizen science). Algunas estimaciones sugieren que en América Latina hay actualmente 156 millones de usuarios de smartphones, lo que representa un gran potencial para la región. Las personas colaboran vocacional y voluntariamente en recolectar y analizar información así como en diseminar un proyecto, integrándose a la cadena de producción de datos masivos. De este modo, estos datos pueden luego ser recopilados y analizados sistemáticamente.

Una de las áreas de aplicación ha sido en la gestión de riesgos y desastres naturales. En Stanislaus National Forest o Mount Diablo State Park (California), se pide la colaboración de los visitantes para rastrear incendios forestales. Asimismo, algunas aplicaciones permiten reportar deslizamientos de tierras o movimientos telúricos, proporcionando información sobre su horario y locación. Geotag-X es una aplicación que, tras episodios de huracanes, terremotos y otros desastres, solicita el envío de fotografías para facilitar la planificación de tareas de los equipos de rescate.

Hay algunas experiencias que no se basan en teléfonos móviles sino en otro tipo de tecnologías. Barcelona, Amsterdam y Manchester comenzaron a distribuir un kit de ciudadano inteligente para medir la polución del aire o la contaminación sonora. Esta información es compartida instantáneamente con la red y permite comparar, en tiempo real, distintos puntos de la ciudad.

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Los ciudadanos de casi todas las ciudades del mundo usan la tecnología de manera voluntaria para recolectar y diseminar datos sobre su ambiente urbano. Foto por Toshihiro Hamo via Flickr.

Los ciudadanos también pueden ser parte del procesamiento y no sólo contribuir a la recolección de datos. En Nueva York, Brooklyn Atlantis se dedica a analizar el estado del canal de Gowanus usando vehículos robóticos acuáticos que miden aspectos tales como la temperatura y el pH del agua. Además capturan imágenes que suben a su sitio web para que los ciudadanos etiqueten los objetos que identifican en ellas.

Otras experiencias han comenzado a incluir los métodos de la ciencia ciudadana para denunciar autos mal aparcados o residuos y desechos tóxicos en la vía pública. Una publicación de la Universidad de Carnegie Mellon sugiere que esta metodología puede servir para reportar las condiciones que dificultan el acceso y uso del transporte público por parte de personas con movilidad reducida.

En Colombia, la Federación Nacional de Cafeteros implementó el Sistema de Información Cafetera, permitiendo a los caficultores generar información mediante sus dispositivos móviles que luego utiliza la Federación para, por ejemplo, prever las condiciones que podrían afectar los cultivos en una región determinada, entre otras acciones.

Así, los ciudadanos participan en la investigación científica y contribuyen con la toma de decisiones basada en evidencia. La ciencia ciudadana, según especialistas, permite que la recolección e intercambio de información alcance una escala que de otro modo no sería posible, facilitando el avance científico. Además, promueve la apertura y transparencia de la gestión pública y de una investigación más democrática, fortaleciendo los lazos entre la ciencia, el gobierno y la sociedad.

En su tercera edición del concurso Gobernarte, el BID lanzó el Premio “Eduardo Campos” para reconocer experiencias exitosas de big data en la región. Conoce acá las experiencias ganadoras.

*El autor es consultor de la División de Administración Fiscal y Municipal del BID