¿Conspira Facebook contra la felicidad?

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¿Cuál es la clave de la felicidad? ¿Cómo podemos hacer para ser tan felices como quienes viven en los países nórdicos -“los más felices del mundo” según el Informe Mundial de la Felicidad  2013 de las Naciones Unidas? Una de las claves puede ser dejar de compararse con el resto, para lo cual las redes sociales no ayudan mucho

La felicidad depende de una gran cantidad de factores que muchas veces están fuera del alcance de los individuos (pese a la cantidad de libros de autoayuda que prometen lo contrario). En este sentido,  el libro editado por el BID, Calidad de Vida evaluó muchos de los aspectos que hacen felices a los latinoamericanos y encontró muchos de los resultados esperados. A los latinoamericanos les importa el grado de disciplina, seguridad y apariencia física de las escuelas donde concurren sus hijos (aunque la calidad educativa pareciera no tener el efecto que se hubiera esperado), la flexibilidad, autonomía, el respeto y las posibilidades de desarrollo en el trabajo (no tanto así las garantías de estabilidad y otros beneficios), y la seguridad en su vecindario, el transporte publico, y el acceso a bienes públicos.

Como es sabido, el dinero no compra la felicidad pero definitivamente en algo ayuda, ya que a mayor ingreso, mayor satisfacción con la vida. Pero, lamentablemente, las mejoras de bienestar material importan sólo en relación a quienes nos rodean, es decir, no importa tanto cuánto uno ha mejorado sino lo que uno haya mejorado en relación al resto. Esta situación genera que personas que han mejorado en su situación individual, pero no han mejorado en relación al resto, se encuentren en una “paradoja del crecimiento infeliz”.

Las redes sociales pueden ser un vehículo que magnifica las comparaciones y pueden llevar a disminuciones en la felicidad. Estudios recientes confirman que el uso de Facebook, pese –o gracias- a su gran popularidad tiende a tener efectos negativos en la probabilidad de que sus usuarios se sientan felices. Kross et al (2013) encontraron, en un trabajo de diseño experimental donde preguntaban a un grupo de individuos acerca de su bienestar subjetivo, cómo se sentían en ese momento y cuán satisfechos estaban con su vida, que la exposición a Facebook llevó a cambios fuertemente negativos en dichas variables. Cuanto más la gente usaba Facebook, peor se sentían. Verduyn et al (2015), nuevamente utilizan un diseño experimental y logran avanzar aún más allá en términos de determinar el mecanismo por el cual esta pérdida de felicidad ocurre: la envidia.

¿Por qué es Facebook tan relevante? Facebook facilita a la gente la evaluación sistemática de su situación económica y personal en relación a la de sus pares. Ser testigo en forma constante de las imágenes que retratan los éxitos personales, profesionales, viajes, logros deportivos, e incluso la destreza de las mascotas de otros, parecieran no ayudar mucho a mejorar la autoestima.

En el contexto de América Latina ¿Cuál es el impacto de esta red social?  Según el Pew Research Center, los usuarios de Internet en países en desarrollo han abrazado la socialización como su actividad digital favorita. Más del 80 por ciento de los latinoamericanos lo utilizan para participar en redes sociales. Muchos –pero en menor medida- también utilizan el ciberespacio para obtener información sobre política, atención de la salud y, en menor medida, algunos servicios gubernamentales. Menos comunes resultan las actividades comerciales y profesionales, tales como la búsqueda de empleo, hacer o recibir pagos, compra de productos y clases en línea.

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Adicionalmente, tomando en cuenta que la penetración de Internet sigue creciendo exponencialmente, Facebook prevé que para el 2016 esta red social alcanzara 256.3 millones de usuarios en América Latina. En una región con un enorme problema de desigualdad, Facebook también vuelve aún más tangible esta brecha, a la cual, los usuarios del ciberespacio tampoco son indiferentes.

¿Cuál es la solución? Una posibilidad a la que subscribirían muchos economistas, si estamos preocupados por el efecto en la felicidad y por tener menos envidiosos, sería ponerle un impuesto a Facebook (ver Marginal Revolution), algo que muchos gobiernos de la región con escaso acceso a financiamiento posiblemente verían con buenos ojos. Por supuesto, Facebook, al igual que otras redes sociales, tiene también una gran cantidad de beneficios, principalmente la difusión y democratización de la información. Otra solución, a la que subscribirían economistas del comportamiento, sería la de obligar a Facebook a poner una nota –similar a las que se encuentran en los paquetes de cigarrillos o bebidas alcohólicas— que indique las contraindicaciones de su uso: “el uso continuo de Facebook puede ocasionarle pérdidas de felicidad”.

Más allá de las medidas que otros pueden intentar por nosotros  -y de los ejemplos extremos que mencionamos en el párrafo anterior- la clave parecería estar en dos factores fundamentales. Por un lado, entender que en Facebook uno sólo es espectador de una realidad editada, que contiene solo un resumen de los mejores momentos de la vida del resto. Por el otro, que limitar su uso a unos pocos momentos del día puede ser una buena idea.

Quizás, al final del día, lo que dicen algunos libros de autoayuda no sea tan equivocado: valorar lo que uno tiene en lugar de compararnos con el resto. De otra manera, en esta era digital, pareciera que la respuesta para que en Latinoamérica seamos “realmente felices” dependerá de a quién tengamos como “amigo” en Facebook.

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El Autor

Carlos Scartascini

Carlos Scartascini

Carlos Scartascini es líder del Grupo de Economía del Comportamiento del BID y líder técnico principal del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo. Actualmente se enfoca en expandir el uso de la economía del comportamiento en el BID y en dirigir muchos experimentos de campo con gobiernos en América Latina y el Caribe. Su investigación actual se centra en el papel de los mensajes y los métodos de comunicación para afectar el comportamiento y la demanda de políticas públicas. Además de la economía del comportamiento, sus áreas de especialización incluyen economía política y finanzas públicas. Ha publicado siete libros y más de 35 artículos en volúmenes editados y revistas especializadas. Es editor asociado de la revista académica Economía. Un nativo de Argentina, el Carlos tiene un Ph.D. y un Máster en Economía de la Universidad George Mason.

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