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El acceso a agua y saneamiento y su impacto en la higiene menstrual es una preocupación compartida tanto por ingenieras en el espacio como por mujeres en la Tierra.

Casi nadie imagina que el ciclo menstrual en gravedad cero es una variable en la logística de las misiones espaciales. Desde los años sesenta, más de 60 astronautas han tenido que plantearse cómo manejarse con sus periodos a bordo de las naves. Tanto el impacto físico como los problemas prácticos del peso y la eliminación de residuos (con instalaciones reducidas, diseñadas sin tomar en cuenta estas consideraciones) de productos como tampones, toallas sanitarias y anticonceptivos, han sido objeto de discusiones científicas de alto nivel.

¿Por qué hablar de logística espacial de la menstruación? Porque el acceso a agua y saneamiento y su impacto en la higiene menstrual es una preocupación que comparten las ingenieras en el espacio con las mujeres que desarrollan tareas cotidianas aquí en la Tierra.

Hoy en día, se estima que 663 millones de personas en el mundo carecen de acceso a agua segura; y en saneamiento estamos aún peor, con un tercio de la población mundial (es decir 2.400 millones de personas) sin acceso a un servicio adecuado. O, dicho en pocas palabras: hay más personas en el mundo con teléfono celular que acceso a un baño. Dado el papel tradicional de la mujer en muchas sociedades, son ellas quienes asumen el peso (figurado y literal) de la falta de estos servicios, dedicando más de 125 millones de horas cada día a recolectar agua para sus familias en recipientes que pueden llegar a pesar hasta 20 kilos.

Entonces, cuando se diseña e implementa un sistema de agua potable, unidades básicas sanitarias o cualquier otro tipo de infraestructura de agua y saneamiento, no se trata de una simple operación de mejora de acceso. Debemos ir más allá de los tubos y caños e incluir perspectivas de género, para combatir las desigualdades y asegurar la calidad y sostenibilidad de las obras.

Empecemos por la salud. Alrededor de la carencia de agua segura, orbitan problemas relacionados a la mala calidad del recurso y/o malos hábitos de higiene. Por ejemplo, 1,5 millones de niños mueren cada año a causa de la diarrea; se trata de la segunda causa de mortalidad en menores de cinco. Simples prácticas como hervir el agua, lavarse las manos con jabón después de evacuar (o algunas más complejas como la limpieza de los tanques y cisternas) son necesarias (aunque no suficientes) para evitar las enfermedades transmitidas por el agua.

Sin embargo, como lo indica la economía del comportamiento, si queremos cambiar patrones como el lavado de manos, se tiene que romper esquemas tradicionales que asumen comportamientos racionales y acudir a herramientas más sofisticadas procedentes de campos tan variados como marketing o antropología. Y un vector decisivo de buenos hábitos en el hogar son las mujeres, sobre todo en áreas donde se encargan del acarreo del agua, la cocina, limpieza del hogar y cuidado de los más pequeños. En consecuencia, la participación igualitaria activa de hombres y mujeres en todo el ciclo de provisión de los servicios debe ser una prioridad sectorial para garantizar el éxito de nuestras intervenciones.

La higiene menstrual es otro aspecto del circulo vicioso de la exclusión y desigualdad. Cuando no hay baños, las mujeres y niñas deben caminar grandes distancias, solas, de noche para evitar ser vistas y/o acosadas, obligadas a defecar al aire libre. Por si esto fuera poco, en muchos países, se ven obligadas a ausentarse de la escuela y/o el trabajo (lo cual repercute en su nivel de educación, ingresos y a la larga en su desarrollo humano) por falta o malas instalaciones sanitarias construidas sin considerar las necesidades de su higiene intima (falta de separación de los cuartos de baño, de productos higiénicos o donde disponer de los mismos). Como ejemplo, la matrícula escolar de las niñas incrementa 15% cuando las comunidades cuentan con agua y saneamiento.

Asimismo, el costo o la falta de costumbre de comprar toallas sanitarias o tampones hace que muchas mujeres, sobre todo en áreas más remotas y de difícil acceso, tengan que recurrir al uso de productos alternativos como cenizas, hojas y trapos durante su periodo, lo cual (acompañado de la falta de agua y saneamiento) puede provocar infecciones y problemas de salud consecuentes. Esto explica porque la higiene menstrual es un elemento fundamental para el bienestar de nuestros hogares y dignidad de la mujer.

Por ende, proveer a las comunidades de agua y saneamiento representa una oportunidad para hacer frente a los desafíos que plantea la higiene (básica) femenina, desmitificando la menstruación, promoviendo la participación de la mujer, fomentando el diseño de políticas inclusivas, diseñando infraestructura adecuadaO en jerga sectorial: transversalizando la perspectiva de género en el sector de agua y saneamiento.

Resulta que la menstruación puede producirse normalmente en el espacio (si las astronautas optan por tener su periodo durante la misión). Y mientras los científicos siguen investigando cómo gestionar los ciclos menstruales en órbita, nosotros seguiremos velando por brindar acceso a servicios de agua, saneamiento y residuos sólidos de calidad en América Latina y el Caribe y así contribuir a una mejor calidad de vida en nuestro planeta.

*Este artículo fue publicado originalmente el 4 de marzo de 2017 en Planeta Futuro, de El País.

Agua y género es inclusión. ¡Haz clic en nuestra bio para saber más! En muchas zonas rurales, poco se habla de los temas relacionados con la #salud de las #mujeres, particularmente la #menstruación. El #periodo puede llegar a ser un tabú donde la #mujer es retratada como impura, sucia, enferma. Al proveer #agua y #saneamiento a las comunidades, tenemos la oportunidad de hacer frente a los desafíos que plantea la #higiene básica femenina. Así, desmitificamos la menstruación, promovemos la participación de la mujer, fomentamos el diseño de políticas inclusivas y diseñamos infraestructura adecuada para ellas. #mejorandovidas #género #educación #productividad #equidad #inclusión #igualdad #desarollosostenible #objetivosdedesarrollosostenible #poderfemenino #girlpower #womanpower #mujeres #saludintima #mujeresreales #mujeresfuertes #empoweringwomen #mujer #regla #higienefemenina #higieneintima #higienemenstrual #ciclomenstrual

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Menstruating: a challenge in the sky and on land

Access to water and sanitation and its impact on menstrual hygiene distresses women both on Earth and in space

Hardly anybody knows that the menstrual cycle at zero gravity is one of the logistic variables for space missions. Since the sixties, over 60 women astronauts have had to figure out how to deal with their periods aboard spaceships. The physical impacts as well as practical problems linked to weight and the elimination of waste –such as tampons, sanitary pads, and contraceptives— in confined spaces which didn’t take these considerations into account in their design have been in the spotlight of high level scientific debate.

Why are we debating the space logistics of menses? Because access to water and sanitation and its impact on menstrual hygiene distresses both women engineers in space and women carrying out everyday tasks here on the ground.

Today, an estimated 663 million people around the globe lack access to safe water; and sanitation is even worse, with one third of the population worldwide (i.e., 2.4 billion people) lacking access to appropriate sanitation. Or, to put it in another way: there are more people in the world with access to cell phones than to a restroom. Given the traditional role of women in many societies, they bore the burden–both literally and figuratively— of having to do without these services, dedicating over 125 million hours collectively every day to fetch water for their families in containers that can weigh up to 20 kilos (44 lbs.)

Therefore, designing and implementing a drinking water system, a basic sanitation unit or any other type of water and sanitation infrastructure is not just about boosting access. We must go beyond plumbing and pipes and include gender perspectives to address inequality and ensure the projects’ quality and sustainability.

Let’s start with health. Some problems related to the lack of safe drinking water appear in connection to the resource’s poor quality, and others to bad hygiene habits. For example, 1.5 million children die every year of diarrhea; this is the second most common cause of death among children under the age of five. Simple practices such as boiling the water, washing your hands with soap after using the toilet –as well as other more complex actions such as tank and cistern cleansing— are necessary (though not enough) to avoid water-borne diseases.

Nevertheless, as behavioral economics have proven, to change habits such as hand washing we must go beyond traditional schemes based on rational behavior and resort to more sophisticated tools from fields as varied as marketing or anthropology. And a decisive vector of good habits around the house are women, especially in areas where they’re in charge of fetching water, cooking, cleaning the house, and looking after the children. Therefore, active equal participation of both men and women throughout the whole service provision cycle must be made a sectorial priority for our interventions to be successful.

Menstrual hygiene is another aspect of the vicious cycle brought about by exclusion and inequality. Where there are no restrooms, women and girls must walk long distances alone at night to avoid being seen or harassed, and have no choice but to defecate in the open. As if that weren’t enough, in many countries they’re forced to miss school and/or work (which impacts on their education levels, incomes, and in the long term, in their overall human development) due to the lack or poor quality of the sanitation facilities built with no regard to their intimate hygiene’s special needs (absence of gender-segregated bathrooms, hygienic products or where to dispose of them.) As an example, the number of girls enrolled in schools is 15% higher in communities with water and sanitations services.

At the same time, the cost or lack of habit of buying menstrual pads or tampons makes many women –especially those in remote, hard-to-access areas– resort to alternative products such as ashes, leaves, or rags during their periods which together with the lack of water and sanitation can lead to infections and subsequent health problems. This is why menstrual hygiene is a key element for the well-being of our households and women’s dignity.

In conclusion, providing communities with water and sanitation represents an opportunity to face up to the challenges that (basic) female hygiene poses, demystifying menses, promoting women’s’ participation, fostering the design of inclusive policies, designing appropriate infrastructure or, as they say in sectorial jargon: introducing a cross-gender approach to water and sanitation.

It turns out that menses can take place normally in space (if women astronauts happen to have their periods during the mission.) And while scientists are still studying how to manage menstrual cycles in orbit, we will continue to strive to provide quality water, sanitation, and solid waste services in Latin America and the Caribbean and contribute to a better quality of life on our planet.

*The Spanish version of this article was published in Planeta Futuro from El Pais.

Comentarios
  • Ana Marìa Loayza
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    Interesante artículo, trabajé en el Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima, SEDAPAL en gestión de proyectos sociales, en lo referente a la Educación Sanitaria y Ambiental.
    El rol de la mujer en el hogar, fue determinante para que los talleres y charlas de sensibilizaciòn tuvieran éxito.Estos se impartieron a la población organizada antes y durante la realización de las obras para dotarles de agua potable y alcantarillado. A aquellas poblaciones que por primera vez iban a tener acceso a los servicios de saneamiento.

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