por Carlos Scartascini.

 

Se ha hablado mucho de vacunación en las últimas semanas. Las campañas de información pública son una empresa compleja. Cómo se transmite el mensaje es al menos tan importante como el contenido del mensaje en sí.  Además, comprender cabalmente el mensaje tiene una importancia clave porque es sumamente difícil remediar el daño provocado por la desinformación.  En este sentido, el debate en torno a la vacunación deja una lección difícil —la lección de que las consecuencias de un mensaje deficiente son, literalmente, un asunto de vida o muerte.

En Latinoamérica y el Caribe, el aumento de las tasas de vacunación ha sido sostenido.  Por ejemplo, en el caso de la vacuna contra el sarampión, a partir de tasas promedio en torno al 75% en 1990, la vacunación promedio ha rondado el 95% en los últimos años.  El aumento se debe a campañas muy activas por parte de los gobiernos de la región, y al apoyo financiero y a la coordinación de iniciativas más amplias por parte del BID.  A su vez, el aumento en los índices de inmunización ha contribuido a generar importantes progresos en los indicadores de salud y una mejora sustancial de la calidad de vida en la región (BID, 2009).

Al contrario de lo que sucede en otros ámbitos de las políticas y de indicadores de resultados, cuando se habla de vacunación las estadísticas de Latinoamérica y el Caribe no son peores que las de los países industrializados (Según datos de UNICEF hasta 2013, la vacuna contra el sarampión no ha llegado al 95% en los países industrializados). En el caso de Estados Unidos, la tasa de vacunación contra el sarampión era de 91% en 2013. La existencia de focos de poblaciones donde la inmunización es casi inexistente contribuye a explicar recientes brotes de sarampión en un país donde la enfermedad había sido erradicada.

Hay un dato que resulta aún más polémico el hecho de que en un país que tiene los recursos de Estados Unidos, la vacunación no sea universal, a saber, que la decisión de una persona de si vacunarse o no, se ha llegado a aceptar como parte del debate político, a pesar de las consecuencias que esa decisión puede tener en la salud y en la calidad de vida de la población.  Se trata de dirimir si las personas tienen el derecho a rechazar la vacuna a pesar de los efectos negativos que esa decisión tiene para el resto de la población, dado que no sólo pone vidas en riesgo sino también aumenta significativamente el costo de la salud pública.

¿Por qué las personas se muestran tan reticentes a vacunarse?  Este artículo del Harvard Kennedy School resume cabalmente la evidencia existente.  Un informe de 2014 de la American Academy of Arts and Sciences explica el porqué del problema de la no vacunación: “Una combinación de estudios científicos fraudulentos, reportajes irresponsables y activistas bien intencionados pero mal informados han conducido a un aumento sostenido del porcentaje de padres que tienen reparos para seguir el programa de vacunación recomendado durante la infancia. Si bien los índices de vacunación en Estados Unidos siguen siendo altos, estos reparos han redundado en un aumento significativo del número de padres que retrasan y, en casos extremos, rechazan las vacunas para sus hijos.”

Hay un hecho incluso más inquietante, y es que una vez que se ha adquirido estas percepciones, es muy difícil modificar las conductas.  Como señala el artículo, según recientes investigaciones, las iniciativas para transmitir mensajes a los padres, promoviendo la vacunación y corrigiendo la falta de información en relación con los efectos potencialmente perjudiciales de las vacunas, no aumentaron la intención de los padres de vacunar a sus hijos.

Estos resultados son consistentes con un mensaje publicado en este blog en anteriores entradas.  La conducta de las personas es una consecuencia de sus creencias y estas creencias pueden ser moldeadas por la información. Desafortunadamente, si bien la información puede producir mejores resultados (una idea que hemos repetido una y otra vez en BID 2009), también puede generar conductas que no son compatibles con el bien público.  Por lo tanto, los responsables de las políticas deberían ser sumamente cautelosos a propósito de las políticas y los hechos que apoyan, dado que estas opiniones pueden moldear la opinión pública a largo plazo.  Cuando se lanza una campaña destinada a aumentar el bienestar, la credibilidad de los mensajes, la sencillez y la claridad de su presentación, así como su consistencia, son sumamente importantes. Como demuestra claramente nuestra investigación, el problema está en los detalles.

Este post fue publicado originalmente en el Blog Ideas que cuentan del Banco Interamernicano de Desarrollo. Síguelo en @IDB_thinks

Carlos Scartascini es Economista Principal del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo. 

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Showing 2 comments
  • Allie
    Responder

    Estoy de acuerdo con las consecuencias que la desinformación puede traer.
    Pues en México hay asociaciones que promueven el parto humanizado y cuando las madres primerizas buscan asesorarse en psicoprofilaxis también les informan de las desventajas de las vacunas, aclarando al final que la decisión es de los papás vacunar o no a sus hijo, pero con la información que dan ¿Cuántas madres decidirán no vacunar, si sus deseos son los mejores para sus primogénitos?

  • Cristina - TSE
    Responder

    Completamente de acuerdo con lo expresado en este post. Es fundamental que los gobiernos tengan buenas políticas informativas en relación con las vacunas, pero que al mismo tiempo traten de “controlar” de alguna forma la desinformación que llega desde diversos medios con intereses poco claros.

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