Seguros contra desastres naturales: ¿por qué tan pocos países los tienen?

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Los azotan huracanes, tormentas y terremotos. Un informe compilado por Naciones Unidas, tomando en cuenta la exposición a eventos naturales y la respuesta de una sociedad, estableció que cuatro países de la región (Guatemala, Costa Rica, El Salvador y Nicaragua) están entre los 15 países que corren mayor riesgo en caso de sufrir un desastre natural a nivel mundial. Sin embargo, pocos países en la región tienen seguros contra este tipo de fenómenos.

Es lo mismo que una persona sin seguro médico o un conductor sin protección para su auto. Pero no es poco habitual. En un estudio que publiqué en el Journal of Development Economics con Eduardo Borensztein y Olivier Jeanne, descubrimos que la abrumadora mayoría de los gobiernos carecen de seguros macro contra desastres naturales simplemente porque los costos de ese tipo de seguros en un mercado incipiente superan los beneficios. Esta situación es desafortunada.

Uno de los tipos de seguros contra desastres más prometedores es lo que se conoce como un bono de catástrofes (o cat), un instrumento financiero comerciable que distribuye el riesgo a través de los mercados globales de capital. Estos bonos suelen ser emitidos por gobiernos o empresas de reaseguros —las aseguradoras de las aseguradoras— y respaldados por letras del Tesoro de Estados Unidos. Aunque suelen pagar una pequeña fracción de los daños, pueden brindar importantes beneficios en caso de que se produzcan las peores catástrofes.

Afortunadamente, los desastres catastróficos son poco frecuentes. Aún los países más vulnerables a huracanes, tormentas e inundaciones enfrentan sólo entre 2% y 5% de posibilidades de enfrentar una catástrofe en cualquier año donde la producción cae 4% y no se recupera. Pero ese tipo de eventos son tan devastadores que pueden afectar la economía de un país de la misma forma en que una herida grave en la cabeza afecta el cerebro. La herida se expande rápidamente en una reacción en cadena desde el lugar donde se produjo el impacto a regiones distantes; se alteran funciones clave; se paralizan actividades. Un desastre natural severo no sólo arrasa con la agricultura y la industria. Hay una necesidad abrumadora de volcar recursos a asistencia humanitaria y reconstrucción. Y cuando gran parte de su base de ingresos queda destruida y actividades básicas como recaudar impuestos se ven limitadas, el gobierno avanza con dificultad y poca capacidad de ayudar al país a recuperarse.

En este contexto, los bonos de catástrofe brindan una ventaja clave. Ya que los pagos se basan en la gravedad del evento, más que en estimaciones de daños, se pueden realizar con rapidez y poca disputa, permitiendo que los gobiernos briden ayuda de emergencia antes de que llegue la ayuda extranjera. Los gobiernos, como los médicos que tratan daños cerebrales, puede comenzar de inmediato con el proceso de reconstrucción y reparación antes de que se active la reacción en cadena y el daño se vuelva irreparable.

Hay otro beneficio, quizás menos comprendido, que está cubierto en el modelo que publicamos con Borensztein y Jeanne. Los países que corren el riesgo de experimentar un desastre natural también corren mayor peligro de caer en cesación de pagos de sus deudas si se produce una catástrofe. Eso significa que tienen menos credibilidad en los mercados de capital y deben vender su deuda a precios menores y con mayores retornos. Al reducir el riesgo de default sobre deuda no contingente, que debe ser pagada aún tras un desastre natural, los bonos de catástrofe pueden revertir esa ecuación. En la calibración de referencia del modelo, mostramos que los bonos de catástrofe pueden permitirles a los gobiernos aumentar sus préstamos externos desde alrededor de 30% a más de 60% del PIB, brindando un aumento del bienestar equivalente a varios puntos porcentuales de consumo. Este valor no es muy grande en comparación con el costo de bienestar de otros desastres económicos poco frecuentes que estudió Robert Barro en un famoso artículo en el American Economic Review. Pero de todos modos es económicamente significativo teniendo en cuenta que los desastres naturales en nuestra muestra están asociados con una caída permanente de la producción de alrededor de 4%, mientras los desastres económicos de Barro llevan en promedio a una caída permanente de la producción de 29%.

En 2006, México se convirtió en un pionero en América Latina al emitir un bono de catástrofe de US$160 millones para cubrir los daños de un potencial terremoto. Pero para la mayoría de los países, asegurarse contra catástrofes es extremadamente costoso. Los bonos de catástrofe cuestan hasta cuatro veces o más que lo que el país promedio está dispuesto a pagar para obtener las ganancias de bienestar de nuestro modelo. Eso se debe principalmente al desafío sumamente complejo de hacer cálculos sobre un evento que se produce una vez por siglo y sus costos relacionados. Una empresa de seguros para automotores puede usar datos de miles de accidentes para calcular con un buen grado de precisión el riesgo de un choque en el que hace falta reemplazar el parachoques. Pero aún ninguna empresa puede predecir con precisión la probabilidad de un terremoto muy poco frecuente pero devastador que se cobra la vida de miles de personas y deja miles de millones de dólares en daños. Además, no es probable que ninguna empresa privada invierta en el costoso análisis de riesgo y diseño de modelos requeridos para descubrirlo: su trabajo simplemente terminaría siendo de dominio público. El resultado es un ambiente con falta de información en el cual los inversionistas son conservadores y la cobertura es costosa. Pero aquí el sector público podría jugar un rol clave. Los gobiernos y las instituciones multilaterales podrían subsidiar la investigación necesaria y ayudar a expandir el mercado.

Por supuesto, nada de esto cambiará la situación de raíz. Ni los seguros macro contra desastres naturales ni la ayuda extranjera pueden inclinar la balanza de un país que ha sufrido una calamidad y no ha invertido en alivio y adaptación, incluyendo mejoras en el uso de la tierra y sistemas de advertencia, e infraestructura clave, como edificios antisísmicos, diques contra oleajes, y caminos para distribuir ayuda. Un mercado más profundo de seguros contra catástrofes podría desempeñar un rol valioso al ayudar a los países a recaudar dinero en los mercados de capital y protegerse contra lo peor de una calamidad. Pero siempre será sólo un ingrediente de la receta

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The Author

Eduardo Cavallo

Eduardo Cavallo

Eduardo Cavallo es actualmente economista investigador del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington DC. Antes de reincorporarse al BID, Eduardo era vicepresidente y economista principal para América Latina de Goldman Sachs en Nueva York. Eduardo estuvo incorporado al BID como economista de investigación entre 2006 y 2010. Anteriormente, se desempeñó como investigador en el Centro para el Desarrollo Internacional (CID), investigador visitante en el Banco de la Reserva Federal de Atlanta y miembro del cuerpo docente del programa de verano de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy. En Argentina, fue cofundador de la Fundación Grupo Innova. Sus intereses de investigación se centran en los campos de las finanzas internacionales y de la macroeconomía, con énfasis en América Latina. Ha publicado en varias revistas académicas y es coeditor del libro del BID “Dealing with an International Credit Crunch: Policy Responses to Sudden Stops in Latin America” (Lidiar con una restricción del crédito a nivel internacional: políticas de respuesta a paradas súbitas en América Latina). Tiene un doctorado en Políticas Públicas, una maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y una licenciatura en Economía de la Universidad de San Andrés (UdeSA), en Buenos Aires, Argentina.
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