
¿Pueden los trabajadores evitar los efectos nocivos de los altos niveles de contaminación atmosférica? La respuesta, al parecer, está poderosamente vinculada al nivel socioeconómico al que pertenezcan.
Nuestro reciente estudio analiza cómo los trabajadores ajustan su oferta de mano de obra diaria en respuesta al aumento de las concentraciones de partículas finas conocidas como PM 2,5, que provienen, entre otras fuentes, de los vehículos de gasolina y diésel, así como de la construcción y los procesos industriales. Observamos que los distintos tipos de trabajadores reaccionan de manera diferente ante esa forma de contaminación tan nociva que puede causar reducción de la función cognitiva, enfermedades y mortalidad.
Descubrimos que las reducciones de la oferta de mano de obra en los días de alta contaminación reflejaban las decisiones de los trabajadores —a diferencia de las empresas que cierran temporalmente o reducen los horarios de trabajo— y es coherente con que los trabajadores reduzcan su oferta de mano de obra para evitar la exposición a la contaminación atmosférica.
Los ingresos son lo más importante
En promedio, en los días de alta contaminación, los trabajadores del decil inferior de la distribución salarial reducen su jornada laboral un 61% menos que aquellos del decil superior. Una encuesta realizada en 2019 en barrios de bajos ingresos en Ciudad de México reveló que cerca del 95% de los hogares reportaron que la contaminación atmosférica era un “problema” o un “gran problema”.
Los trabajadores pueden reaccionar ante estas condiciones amenazantes reduciendo su jornada laboral en los días de alta contaminación y aumentándola en los días posteriores. Pero los trabajadores de ingresos más bajos tienen mucha menos flexibilidad para hacerlo. De hecho, en un día promedio de alta contaminación durante la temporada de máxima contaminación que ocurre al principio del año, los trabajadores de altos ingresos reducen sus horas diarias de trabajo cerca de 1 hora y 40 minutos en promedio, comparado con solo 48 minutos de los trabajadores de bajos ingresos.
Además, encontramos reacciones desiguales a la contaminación en función de otros factores, como la informalidad laboral, pero las diferencias son menores que en el caso de los ingresos. Por ejemplo, examinar diferentes categorías como trabajadores informales frente a trabajadores formales o trabajadores independientes frente a empleados, no parece cambiar esta dinámica. Tampoco lo hace comparar a trabajadores que laboran al aire libre con quienes lo hacen en espacios cerrados, ni al considerar políticas gubernamentales, como el cierre de escuelas u oficinas públicas o la emisión de alertas sobre la calidad del aire. Los ingresos son el factor más importante.
Curiosamente, cuando la alta contaminación es persistente durante muchos días consecutivos, tanto los trabajadores de altos ingresos como los de bajos ingresos retoman su horario laboral habitual. Cuando ninguno de los dos días anteriores tuvo niveles elevados de PM 2,5, los trabajadores reducen en mayor medida sus horarios laborales en respuesta a la contaminación atmosférica. Sin embargo, cuando hay más de dos días seguidos de alta contaminación, surge un límite a este comportamiento adaptativo. La reducción del horario laboral acaba desapareciendo, y los trabajadores de ingresos más bajos realizan más rápidamente la transición a sus horarios de trabajo habituales.
En conjunto, estos resultados sugieren que los trabajadores de más bajos ingresos son menos capaces de adaptarse a los shocks ambientales. Además, según indican las conclusiones, los trabajadores acabarán acomodándose a la implacable contaminación. Si esta llegara a aumentar hasta tal punto en que sus niveles extremos actuales se hicieran persistentes, es probable que los trabajadores simplemente cumplieran su horario normal de trabajo en un entorno más contaminado.
Un estudio sobre la contaminación con consecuencias para la política social
Nuestras conclusiones únicas, utilizando datos abundantes y de alta frecuencia que proporcionan más sutileza y detalle que los promedios semanales, tienen consecuencias importantes para la implementación de programas sociales, no solo en Ciudad de México, sino en otras grandes ciudades de la región como Santiago, Lima y Bogotá. Los trabajadores de bajos ingresos de esas ciudades —así como de muchas otras en desarrollo— no cuentan, a menudo con licencias por enfermedad financiadas con fondos públicos o privados. La adopción de medidas que contribuyan a que estos trabajadores no sufran fuertes caídas en sus ingresos cuando evitan trabajar en días de alta contaminación podría marcar una gran diferencia a la hora de proteger su salud.
Reducir las desigualdades
La contaminación atmosférica no es inevitable. Pero los gobiernos deberían, como mínimo, esforzarse por reducir al máximo la jornada laboral en los días de mayor contaminación, cuando los trabajadores se sienten más expuestos al riesgo. También deberían considerar programas sociales que ofrezcan a los trabajadores de bajos ingresos una mayor flexibilidad para evitar trabajar en días extremadamente insalubres. Aunque muchos trabajadores de bajos ingresos ya sufren un acceso desigual a los servicios de salud, contar con programas sociales adecuados podría limitar algunos de los efectos desproporcionados de la contaminación que los aquejan.
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