Por Gabriela Paz y Miño.

Esta es la escena: la mujer, una ilustre desconocida que me aborda en el andén del metro y me sigue hasta el vagón, haciendo gracias a mi bebé, no para de hablar a gritos, mientras yo intento, sin éxito, cubrirme el pecho con un enorme pañuelo. Es Barcelona, hay más de 30 grados en el ambiente y el tren está repleto.

Mi hijo de cuatro meses tiene hambre. Él no sabe de trenes, de temperaturas, ni de señoras que hablan a gritos. Él quiere su teta, como siempre, a boca llena y sin molestias. Quiere comer. Algo tan natural como comer.

Pero la mujer no para. “Yo crié a cuatro hijos”, grita en el metro. “Es una esclavitud”, le dice a una chica oriental, que mira la escena con una sonrisa discreta. “Cuando nacen, se acaban las fiestas, los paseos, todo”, le advierte. “Luego, mira cómo te tienen”, grita. Y me señala. Yo siento que todos me miran. Quizás no es así, pero lo siento.

-“El niño tiene calor”, me susurra en tono cómplice, una señora latinoamericana que se ha sentado a mi lado e intenta sostener el pañuelo. “No lo tapes. Aquí es natural”.

Mi hijo no se acomoda. Se retuerce y llora. Lo cambio de un pecho al otro. Siente mis nervios. Sudamos ambos.

La mujer me sigue y decide ensañarse conmigo:

-La madre también tiene calor, porque no sabe de cuál teta darle, bromea. Y ríe a carcajadas, aunque nadie más lo hace.

Siento que los colores me suben al rostro. No soy capaz de responder. Finalmente, antes de huir en la siguiente estación, ella se encarga de aclarar que “esto le parece normal”, que “no le sorprende”, pues en el metro ya había visto “cualquier cosa”… Pero me apeo como puedo -pecho afuera, niño llorando, pañuelo colgado- en la siguiente estación.

Desde que mi hijo Ariel nació, jamás le he negado el pecho. Y vaya que él me lo pide. “Mañana, tarde y noche”, dice mi madre. “Barra libre”, bromeo yo.

En Ecuador, mi país natal, yo no sentía vergüenza. Allí era mi madre quien corría a cubrirme cada vez que yo “sacaba pecho”. Llegué a España hace tres semanas y durante los primeros días, actué igual que lo hacía allá.

He leído mucho sobre el empoderamiento de las mujeres que damos de lactar. Me he registrado en todos los foros posibles. He participado en debates virtuales, defendiendo ese derecho. Y he sostenido los mismos argumentos más de una vez frente a cualquier cuestionamiento.

A España llegué feliz y liberada, porque aterrizaba en un mundo donde se supone que hay menos prejuicios. Un territorio en el que el cuerpo se muestra con naturalidad y en donde las mujeres han alcanzado esa y otras tantas conquistas. Un continente en donde los sostenes se han usado como banderas.

Paradójicamente, es en mi pequeño país “subdesarrollado” donde he sentido menos complejos frente a este tema. ¿Mi hijo tenía hambre? Yo me descubría y le daba de mamar. Conversando, mirando el paisaje. Qué se yo. Ni siquiera lo pensaba.

Pero algo raro pasa aquí. Comenzó cuando me descubrí el pecho, por primera vez, en casa de una familia amiga y se produjo un extraño silencio en torno a mí. Minutos después, alguien me dijo: “allá hay una habitación donde vas a estar más cómoda”.

Siguió cuando una prima mía, que vive en Madrid, me aconsejó: “Si alguien te dice algo, tú responde: soy madre”. ¿Decirme algo? ¿Decirme qué?, pensaba yo. Pues, algo tan bonito como lo que me comentó una abuela en la plaza de Sant Celoni, pueblo catalán en donde me acabo de instalar y en donde di el pecho a mi hijo, mientras tomaba café en una terraza. “¡Qué bonito! Esto ya no se ve aquí. Tú no hagas caso de nada, si esto es lo más bonito que hay…”.

¿Hacer caso? ¿Hacer caso de qué? Ahora empiezo a entenderlo. Cuando observo que nadie –en serio, nadie- da de lactar a un niño, en público. Las mamás con bebés muy pequeños llevan biberón y se lo enchufan al bebé con elegancia, cuando empieza a llorar. Otras quizás se han quedado en casa, porque en la calle no están. Algunas más habrán sido guiadas hasta la zona “acondicionada” (un taburete y un microondas) que hay en ciertos lugares públicos. Y habrá quienes se encierran en un baño, como yo lo hice cuando vi que la gente me miraba en un local de comida. Allí, con calor, sentada sobre el inodoro y con mi bebé sudando a chorros, me sentí como la peor madre del mundo. Pero también me sentí mucho mejor que afuera, donde la amiga española que venía conmigo me aconsejó que me girara hacia la pared si iba a dar el pecho.

Mientras escribo esto, me debato sobre si dar o no un biberón a mi bebé. En seis días cumplirá cinco meses. Uno menos que lo aconsejable para terminar con la lactancia exclusiva. En la cocina tengo ya un tarro de leche en polvo. Mi marido lo compró hoy a instancias mías, pero contra su voluntad. Él cree que exagero. Dice que nadie me ve. Y sé que eso es cierto porque cuando doy de mamar en público, todo el mundo evade mis ojos.

En este pueblo, mientras buscaba casa, he caminado con mi hijo colgado de mi pecho. Lo he amamantado sentada en una acera, bajo el inclemente sol de verano. Lo he alimentado en restaurantes, oficinas públicas, playas, inmobiliarias. Pero siempre cubriéndome con el pelo, tapándome con el vestido o agachándome, como si hiciese algo malo.

Mi cabeza se rebela. Me pregunta qué rayos me pasa. Me reclama que ya estoy grande para estas cosas. Que dar de lactar en público es normal. Que “el problema está en el que mira”, como dice un eslogan por ahí. Sé que todo eso es cierto. Y cuando mi hijo llora, mi corazón me grita que saque el pecho y lo alimente.

Pero aun sabiendo todo eso, siento vergüenza. Supongo que es porque estoy recién llegada. O porque no entiendo todavía ciertos códigos culturales. O porque no he tenido tiempo de ver muchas cosas. Cosas como verdes prados, con madres sonrientes que dan de lactar a sus hijos, mientras charlan o toman el sol.

O quizás porque aquí, en este país tan desarrollado y libre, dar de lactar en público es algo tan natural, que hasta ahora no he visto a una sola mujer que lo haga.

 

¿Estás tenido alguna vez una experiencia similar a la de la autora? ¿Está mal visto en tu país dar el pecho a los bebés en lugares públicos? Comparte tus opiniones con nosotros aquí, escribiendo un comentario en nuestro blog o a través de twitter mencionando a nuestra cuenta @BIDgente ¡Ah! ¡Y únete a nuestra campaña #YoSacoPecho !

Gabriela Paz y Miño, ecuatoriana, es periodista y escritora.

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Showing 2 comments
  • ruthmoreno
    Responder

    Muy interesante y para mí, desde Ecuador, donde vemos con tanta naturalidad amamantar a los niños, sobre todo a los niños índigenas, me parece tan extraño que en Barcelona algo tan natural sea tratado y visto de esa manera.
    Gabi, adelate, no dejes la lactancia, nadie puede cmbiar lo que tienes derecho a hacer por tu hijo.

  • MAX RAMIREZ
    Responder

    En el articulo se refleja las incongruencias entre país en desarrollo y país “desarrollado” (en qué??) y los que influyen en el mundo, en sus practicas, en sus vivencias.
    La alimentación ideal, el patrón oro, deliberadamente atacada y deteriorada por la comercialización y la “civilización”.

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