Todos los días tratamos de proteger de cualquier riesgo nuestro patrimonio personal, sea una casa o un negocio.  Sería impensable perder aquello que hemos logrado construir con tanto esfuerzo a lo largo del tiempo.

Lamentablemente, el patrimonio natural y cultural, que es de todos, no se mira con igual apego hasta que es demasiado tarde, pues no se suele valorar de una manera profunda hasta que se deteriora o se pierde.

¿Qué pasaría en Panamá si la fauna marina de Coiba o la antigua Aduana de Portobelo se perdieran para siempre? Se perdería mucho más que naturaleza e historia. Se perdería una fuente vital de progreso económico y social. París no sería la tercera ciudad más visitada del mundo sin el Museo de Louvre, como Perú no sería un destino igual de atractivo sin Machu Picchu.

Patrimonio Cultural. Foto BID. Sergio Moreno

En América Latina, históricamente hemos concebido el patrimonio cultural y natural solamente como depositarios de la memoria, y no ha sido hasta entrado este siglo que se nos ha abierto una ventana para nuevas industrias, no solo relacionadas con la cultura y el turismo, sino también con la innovación, la creatividad y el fortalecimiento del tejido urbano. Ya entendemos la importancia de nuestros parques naturales y de nuestras ruinas arqueológicas, pero nos cuesta proyectarlos hacia el futuro.

Y eso que el patrimonio es buen negocio. Se estima que los servicios ambientales de las 25 áreas naturales protegidas de Panamá generan anualmente unos 225 millones de dólares en bienes y servicios, es decir, 12 veces más de lo que cuesta su manejo. Pese a esta ganancia enorme, la inversión pública para el manejo de las áreas protegidas fue de 9 millones de dólares en 2017, equivalente al 0.02% del PIB. Panamá invierte apenas la mitad del promedio mundial (0.04%) en este tipo de áreas.

Fuerte San Lorenzo, Panamá. Fuente: AerialMetriks 2014

Asimismo, en el sector cultural la inversión pública es solo 0.20% del PIB. Aun así la música, el teatro y la danza aportan aproximadamente el 3.1% del PIB de Panamá. Si estas industrias culturales y creativas crecen sin estímulo, imaginen lo que crecerían bajo un plan de patrimonio cultural. Estos sectores en países como Argentina, Perú y Brasil aportan entre el 6% y el 10% del PIB.

Ese patrimonio natural y cultural atrae otros negocios pues incide en la imagen positiva del país, lo que a su vez repercute en exportaciones y buen clima de inversión.

La economía nacional ha crecido más del 7% en la última década, y la infraestructura ha absorbido gran parte de las inversiones. En Panamá, el hardware era una necesidad acuciosa, pero ahora toca pasar a cuidar el software si el país aspira a jugar en otras ligas.

Hace unos meses, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) aprobó en Panamá el proyecto Apoyo para la Conservación y Gestión del Patrimonio Cultural y Natural, que tiene el objetivo de contribuir a la preservación y puesta en valor de los bienes patrimoniales culturales y naturales del país.  Se rehabilitará el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz (Marta) y las históricas fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo, y se preservarán cuatro áreas naturales protegidas (Coiba, Portobelo, San Lorenzo y volcán Barú).

Volcán Barú. Foto BID. Sergio Moreno

Fuerte Portobello, Panamá. Fuente: Nerys Gaitan

No se trata simplemente de restaurar fachadas, sino de implementar una gestión eficiente y sostenible, involucrando a la población local mediante un plan integral que contemple comercio, turismo y desarrollo urbano. Por ello, se fortalecerá institucionalmente al Instituto Nacional de Cultura y al Ministerio de Ambiente.

La ciudad de Panamá fue incluida, el año pasado, en la Red de Ciudades Creativas de la Unesco y ha sido designada para 2019 como la capital cultural iberoamericana. Ello nos recuerda que, más allá del Canal y del sector financiero, el Panamá del siglo XXI se conoce por la creatividad de su gente y su acervo cultural y natural.

Recordemos que el patrimonio cultural y natural es la manifestación viva de la riqueza de los países y su mera existencia es una oportunidad de fortalecer la identidad de sus poblaciones que ven ahí el reflejo de su pasado, como inspiración para valorar el presente y construir el futuro.


Este artículo fue originalmente publicado en La Prensa el 20 de septiembre de 2018: La riqueza del futuro


Foto portada: Nerys Gaitan