Aunque ahora empezamos a tenerla presente en nuestro día a día, la resiliencia urbana no es un concepto nuevo. Las ciudades han evolucionado sistemáticamente, haciendo frente y adaptándose a adversidades – ya fuera a través de la construcción de grandes murallas de defensa como las de Troya, obras de drenaje como las de Pompeya, o de complejos sistema de gestión de agua como los de Angkor. Aun así, otros factores disruptivos como desastres naturales, guerras y pestes terminaron con estas tres grandes ciudades, recalcando la necesidad de un enfoque holístico que nos permita un manejo de riesgos equilibrado e integrado.

En América Latina y el Caribe (ALC), tenemos el paradigmático ejemplo del Santuario Histórico del Machu Picchu, sitio declarado Patrimonio de la Humanidad y obra maestra de arquitectura e ingeniería. Según el hidrólogo estadounidense Kenneth Wright, los ingenieros y arquitectos paisajistas del siglo XV diseñaron y ejecutaron edificaciones, para garantizar la sostenibilidad de las obras en una zona de difícil acceso, afectada por sismos y lluvias frecuentes. El sistema de drenaje contaba con canales de alivio hacia donde se dirigían las aguas sobrantes, lejos del canal de suministro de agua potable hacia las laderas de la zona agrícola, o a un desagüe principal situado entre la zona agrícola y urbana. Los muros, a menudo construidos a partir de piedra finamente tallada y cuidadosamente alineada, estaban adaptados a la actividad sísmica. ¡Resiliencia urbana en el siglo XV!

Aun así, como muchos otros grandes asentamientos, Machu Picchu quedó largamente deshabitado un siglo después de su construcción.

¿Por qué es urgente hablar de resiliencia urbana?

En la actualidad, la resiliencia urbana tiene aún más relevancia, pues ofrece un marco estratégico ligado a una evaluación de riesgo, así como una serie de herramientas con las que afrontar los complejos desafíos económicos, sociales y ambientales a los que se enfrentan nuestras ciudades. Entre los mayores retos que afrontamos, se encuentran aquellos asociados a los efectos del cambio climático, que amenazan el bienestar de la población, particularmente los segmentos más pobres, que a menudo son también los más vulnerables. Esfuerzos para incrementar la resiliencia y la adaptación al cambio climático han de complementar esfuerzos de mitigación, que hasta ahora habían recibido mayor atención, y que continúan siendo urgentes.

La consecuencia más visible del cambio climático ha sido la generación de eventualidades extremas, que resultan de la intensificación de patrones meteorológicos como el Niño, y que han traído consigo por ejemplo inundaciones o sequías, desestabilizando sistemas urbanos previamente concebidos en base a datos históricos. Estos efectos, requieren medidas apremiantes para que las áreas urbanas de la región sean más resilientes, reduzcan su vulnerabilidad y así se pueda evitar que desastres naturales, de creciente frecuencia e intensidad, tengan impactos devastadores.

El costo de no tomar medidas de resiliencia a tiempo puede ser muy alto para las ciudades de ALC, donde habita el 80% de la población. De acuerdo a un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los desastres naturales pueden tener un impacto significativo en el desarrollo económico y social en la región. Tan sólo en la última década, la OCDE y los países BRIC han tenido aproximadamente 1,5 billones de dólares en perjuicios económicos causados por desastres a gran escala. También se observa un incremento de 2 grados centígrados de la temperatura media –por encima de niveles en épocas preindustriales–, lo que podría causar pérdidas en ALC equivalentes a 100 mil millones de dólares anuales en 2050. Esto significa que el cambio climático podría socavar la capacidad de los países para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible e inclusive revertir avances logrados en las últimas décadas en materia de desarrollo humano y crecimiento económico.

Aprender del pasado para tener un futuro con resiliencia urbana

ALC tiene una oportunidad única de complementar sus esfuerzos de mitigación a cambio climático, a través del fomento de modos de transporte de baja emisión, por ejemplo, con una planificación urbana resiliente que defina un futuro plenamente sostenible. Es importante reconocer que las ciudades son puntos críticos de vulnerabilidad y que necesitamos un cambio de paradigma que nos permita incorporar la adaptación al proceso de planificación y gestión urbana. Para ello, podemos avanzar en tres grandes áreas:

  1. Diagnóstico participativo. Un paso crítico para desarrollar propuestas sólidas de adaptación al cambio climático incluye la preparación de buenos diagnósticos técnicos y participativos, que permitan identificar con precisión las principales vulnerabilidades a nivel local. En Argentina se han dado importantes avances, principalmente a través del programa de ciudades donde estudios de vulnerabilidad y riesgos naturales se han llevado a cabo en 11 ciudades del país, que incluyen Mar del Plata, Paraná, Gran La Plata, Goya, Gran Jujuy, Gran Mendoza, Gran Bahía Blanca, Añelo (Neuquén), Las Heras (Santa Cruz), Malargüe (Mendoza) y Allen (Río Negro). Estos estudios son esenciales para llevar a cabo ejercicios de planificación urbana resiliente.
  2. Enfoque multisectorial con infraestructura sostenible. Las propuestas de adaptación al cambio climático en las ciudades deben conceptualizarse de manera multisectorial en el diseño de la infraestructura sostenible, reconociendo el valor de la infraestructura verde y soluciones basadas en respuestas naturales, así como un desarrollo bajo en emisiones. Tomemos el caso de Mendoza, Argentina, donde se desarrolló una estrategia metropolitana de desarrollo urbano, orientada al transporte, para así buscar la densificación de barrios con buen acceso a servicios de transporte público, evitando la expansión de la mancha urbana, más conocido en la literatura anglosajona como urban sprawl. Mendoza también ha apostado por la conservación y la buena gestión del agua, y el arbolado en las calles como parte de la apropiación del espacio público.
  3. Acceso a financiamiento. Como ya dijimos aquí, uno de los principales retos para las ciudades pequeñas y medianas de ALC es el acceso a financiamiento para el cambio climático. Las ciudades pueden invertir recursos propios –a través de impuestos, captura de plusvalías, etc.–, utilizar transferencias intergubernamentales y, en algunos casos, acceder a recursos de organismos multilaterales. En el caso de la ciudad de Buenos Aires, un 60% de las inversiones que financia el BID en el Barrio 31 están orientadas a la resiliencia urbana a través de infraestructura y edificios verdes (certificación EDGE).

América Latina y el Caribe tiene la oportunidad aprender del pasado y planificar las ciudades del futuro con la mente puesta en la resiliencia urbana, para así enfrentar los desafíos del cambio climático con garantías.

*Este artículo fue publicado en Planeta Futuro de El País y forma parte de una serie blogs que explora oportunidades que podrían transformar las ciudades del futuro de América Latina y el Caribe, en preparación para la Reunión Anual del Grupo BID y en el marco del evento de Idear Soluciones a celebrarse en Mendoza, Argentina del 22 al 25 de marzo.