En mayo de 2013 el presidente chileno Sebastián Piñera anunció un proyecto de ley para crear un “bono a la maternidad”, el cual premiaría económicamente a las parejas que tuvieran tres o más hijos. Esta polémica propuesta fue el reflejo de una creciente ansiedad ante el fenómeno demográfico que afecta a Chile y a muchos otros países de América Latina y el Caribe: la sistemática caída en las tasas de fertilidad.

A mediados del siglo pasado, una mujer latinoamericana promedio tenía 6 hijos; hoy, por primera vez en la historia de la región, este número ha caído a un promedio de 2.1 hijos por mujer. Vivimos un momento crítico, puesto que 2.1 es la tasa a la que una población asegura su sustitución; es decir, una fertilidad por debajo de dicha tasa implica que la población comenzará un proceso de decrecimiento (asumiendo una baja migración). En línea con lo anterior, estimaciones de la CEPAL indican que hacia el año 2055, la población de América Latina comenzará a reducirse ligeramente.

Esta desaceleración en el crecimiento poblacional se relaciona con otra realidad demográfica quizás aun más relevante para la región y nuestras ciudades: el envejecimiento de la sociedad, tema que durante años ha ocupado primeras planas en Cuba, México, Perú, Argentina y Uruguay, entre otros. Como parámetro general, se dice que una sociedad ha envejecido cuando los adultos mayores de 60 años sobrepasan el número de jóvenes menores de 15 años, indicador conocido como el índice de envejecimiento. Hoy en América Latina y el Caribe se registran 36 personas de edad por cada 100 jóvenes; para 2036 tendremos 100 adultos mayores por cada 100 menores de 15, y para finales de siglo serán 240 por cada 100 jóvenes. No obstante, todas estas cifras regionales enmascaran casos puntuales muchos más dramáticos como los de Cuba, Uruguay y Costa Rica, donde las personas de edad sobrepasan a los jóvenes en 2012, 2023 y 2028, respectivamente.

A todo esto, ¿qué tiene que ver Charles Darwin? Es útil traerlo a colación para evocar la idea de evolución, no de las especies, sino de las poblaciones; las ciencias demográficas nos orientan para reconocer que estas caídas en fertilidad y mortalidad ligadas con el envejecimiento son parte intrínseca del proceso de transición demográfica. La sabiduría del naturalista inglés además sirve como alegoría para comprender que, ante estos cambios, las ciudades con mayores chances de prosperar no serán las más fuertes (o fértiles) ni las más inteligentes (o tecnológicas): serán las más adaptables. Si bien hay muchas incertidumbres al futuro, la caída en fertilidad y aumento en longevidad son de las pocas transformaciones sobre las cuales podemos hablar con relativa certeza, y de ahí lo estratégico de conocerlas para considerarles en la planificación.

Para conocerlas, alejémonos de “promedios regionales” y enfoquémonos a nivel ciudad. En el Programa de Ciudades Emergentes y Sostenibles estamos analizando 30 ciudades* sobre las cuales recolectamos estadísticas vitales recientes y realizamos proyecciones demográficas a 2050. Entre aquellas que estudiamos, encontramos que todas tienen una tasa de fertilidad por debajo de 2.5, siendo la más alta el Gran Buenos Aires (2.4 hijos por mujer) y la más baja La Habana (1.46); para 2020, todas estarán por debajo de la tasa de reemplazo.

En un escenario de crecimiento medio, las poblaciones de San Juan de Puerto Rico, Santiago de Cuba, Caracas, Concepción, Montevideo, Recife, Ciudad de México y Sao Paulo decrecerán en términos netos antes del 2050. En cuanto a su envejecimiento, tenemos ciudades como Manaos donde actualmente los mayores de 60 años constituyen 5.8% de la población, y casos como Valparaíso, donde representan 16%; en todas las grandes ciudades estudiadas (aquellas con más de 3 millones de habitantes: Sao Paulo, Gran Buenos Aires, Ciudad de México, Santiago de Chile, Lima, Medellín, Recife y Guadalajara) para 2025 los adultos mayores representarán entre 12% y 16% de la población.

Quizás más impresionante es la velocidad con la que esto ocurrirá; en el caso de una ciudad como la capital de México, la duplicación de la proporción de adultos mayores del 10% al 20% de la población  sucederá en tan solo dos décadas.

Fuente: BID, 2016

La claridad sobre el ritmo evolutivo de la demografía urbana, empatado con el análisis de otros factores indirectamente relacionados (ej. la reducción en el tamaño medio del hogar, ensanchamiento de clases medias, etc.), debe contribuir a tomar decisiones sobre la cantidad de infraestructura y el tipo de servicios urbanos para garantizar, con eficiencia, una buena calidad de vida. Ello tocará aspectos de política fiscal, programas de vivienda, sistemas de movilidad, la operación y mantenimiento de infraestructura básica, entre otros. Además, abrirá paso a la llamada “economía plateada”, implicando desde la sustitución de jardines de niños por centros de desarrollo para adultos mayores, hasta nuevos sistemas robóticos que asistan a personas con movilidad reducida dentro y fuera del hogar.

A pesar de la inminencia con la que estos choques demográficos se avecinan, son pocas las ciudades que los están considerando seriamente; por ejemplo, tan solo 8 ciudades de América Latina pertenecen a la red “Age-Friendly Cities” de la OMS, siendo que Estados Unidos tiene 123. Por ello, metámonos a Darwin en la cabeza y pensemos que las ciudades más adaptables prevalecerán en un mundo donde la prosperidad dependerá menos del crecimiento poblacional, y más en las estrategias de las ciudades para atraer talento y facilitar el continuo desarrollo productivo de sus adultos mayores. Esto es lo que señala la experiencia internacional, así como los numerosos estudios que advierten sobre la desconexión entre crecimiento demográfico y calidad urbana (ver: Hollander, J. (2011);  Wiechmann T. & Pallagst, K.: 2012; Thorsten Wiechmann & Marco Bontje: 2015).

Un concepto que emerge hoy es “right-sizing cities”: calzar las ciudades a su escala demográfica y apuntar hacia la accesibilidad universal de los servicios, asegurando que erradicamos la discriminación etaria implícita en nuestras infraestructuras. Ello implica estrategias diversas dependiendo del contexto; en la mayoría de los casos se aconseja el reforzamiento de los centros urbanos, ya que éstos ofrecen equipamientos de calidad para los adultos mayores al tiempo que evitamos la extensión de infraestructura hacia periferias con pocas perspectivas de mayor crecimiento en las próximas décadas. Asimismo, el diseño universal se convertirá cada vez más importante en los sistemas de movilidad, en el espacio público y en las viviendas.

En muchas ciudades de América Latina, la infraestructura está pensada por y para jóvenes. Fuente: Municipio de Mejía, Ecuador, 2015

Muchas reflexiones se desprenden de los cambios que vislumbramos en el horizonte demográfico. Pero no perdamos de vista que, en comparación con otros sitios como Europa, las urbes de nuestra región envejecerán en un contexto de mayor pobreza e inequidad. Por ello, las ciudades latinoamericanas necesitarán el doble de ingenio y de compromiso social, asegurando que las decisiones de “ajuste” y adaptación en las infraestructuras y servicios, contengan estrategias muy intencionales de protección a las poblaciones más marginadas. Las economías plateadas, deberán ante todo ser economías de inclusión.

Si estás interesado en este tema y vives en Washington D.C., acompáñanos el próximo jueves 27 de octubre a “Beyond Tomorrow Talks: Shrinking and Ageing in Sustainable Cities” un evento en la sede del BID en el que contaremos con las perspectivas de los expertos Karina Pallagst, Zachary Benedict y Nicola Palmarini.  

 

Este artículo fue realizado usando datos de la investigación realizada con el Dr. Leandro González, Doctor en demografía y docente de la Facultad de Ciencias Económicas en la Universidad Nacional de Córdoba, en donde dirige el Programa sobre Vulnerabilidad Social y la Maestría en Demografía del Centro de Estudios Avanzados. Desde 2005, Leandro es investigador adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) en Argentina.

*El estudio del BID contempló las siguientes ciudades: Gran Buenos Aires, Córdoba, Gran Resistencia, San Pablo, Recife, Manaus, Volta Redonda, Pelotas, Ciudad de México, Guadalajara, Minatitlán, Medellín, Cali, Pasto,  Lima, Piura, Caracas, San Cristóbal, San Juan, Aguadilla-Isabela-San Sebastian, Kingston, La Habana, Santiago, Montevideo, Santiago, Valparaíso, Concepción, Tegucigalpa, Santo Domingo, Georgetown. En el caso de ciudades menores a 500 mil habitantes, se hicieron estimaciones matemáticas a 2030.