En las ciudades, hablar de un entorno seguro implica evocar un espacio donde los habitantes puedan convivir en armonía y libres de riesgos. Entendida así, la seguridad urbana involucra múltiples dimensiones y conceptos, como lo son el acceso seguro al agua, a la vivienda, a suelos aptos que no estén sujetos a desastres naturales, y que tengan oportunidades de empleo estable, con seguridad social para los trabajadores. Además, por supuesto, se puede hablar de la seguridad ciudadana que garantiza la integridad física y emocional de las personas.

En Tegucigalpa y Comayagüela, ciudades que juntas constituyen la capital de Honduras, el estigma de la violencia ha colocado un gran énfasis tan sólo en la última de estas acepciones de la seguridad, por encontrarse tan cercana a la vida cotidiana de los habitantes. No obstante, para lograr atender esta dimensión de la seguridad urbana, es necesario actuar en todos los demás frentes, los cuales son clave para lograr un tejido social denso, cuyas comunidades confían unas en las otras y prosperan juntas.

Este es el espíritu que abraza el Plan de Acción para Tegucigalpa y Comayagüela, un documento estratégico elaborado por la ICES y el BID en colaboración con la Alcaldía de la capital y una multiplicidad de actores de los sectores público, civil y privado. En sus páginas, el Plan condensa un diagnóstico multisectorial que enfatiza la importancia de actuar en todos estos temas que resultaron priorizados, y propone hacerlo con una visión de territorio que reduzca la segregación socio-espacial que a la fecha se contrapone al objetivo de promover la equidad y sostenibilidad en la capital.

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¿Cómo lograr una capital segura?

El plan propone una serie de medidas para reducir la inseguridad hídrica que supone el habitar en una ciudad donde el suministro de agua es garantizado tan sólo 6 horas al día y que llega a absorber 25% del ingreso de las familias en las periferias de la ciudad, quienes sólo tienen acceso al recurso hídrico a través de camiones cisterna. También propone acciones para evitar que el desarrollo urbano suceda en suelos inseguros con vulnerabilidad a inundaciones y deslizamientos, pues en la actualidad 23% de la población se encuentra en territorio con alguno de estos riesgos.

Esto tiene que ir de la mano con una estrategia para garantizar el acceso a la vivienda, siendo que tan sólo 40% de los capitalinos tiene ingresos suficientes para acceder a un crédito hipotecario; por ello, no sólo se debe tener una política de suelo que haga accesible el precio de éste en lugares libres de riesgo, sino también promover microfinanciamiento para apoyar técnica y materialmente la autoconstrucción de vivienda que ya sucede en la ciudad.

Finalmente, entre muchos de otros temas destaca el empleo. Poco más de la mitad de los trabajadores en Tegucigalpa laboran en el sector informal de la economía, existiendo además una elevada tasa de subempleo. Este tema resultó ser, después del crimen y la violencia, la mayor preocupación de los capitalinos en la encuesta de opinión pública que realiza la ICES como parte de su metodología. Además de exigir el diálogo entre las diversas instituciones de seguridad social y apoyo a los pequeños negocios, el reto del empleo requiere proyectos para elevar la competitividad de la capital y atraer la inversión directa.

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Es por ello que una de las principales intervenciones urbanas planteadas en el Plan tiene como objetivo regenerar la imagen de Tegucigalpa y Comayagüela a través de una actuación integral en su río y sus centros históricos. La propuesta para el Eje Urbano Ambiental Choluteca atiende simultáneamente temas de riesgo a inundaciones, saneamiento ambiental, recuperación de espacio público y desarrollo urbano compacto, con mejoras en movilidad. Todos estos aspectos son clave para que Tegucigalpa y Comayagüela se proyecten como una capital abierta a sus ciudadanos y a la inversión productiva.

Abriéndose al público

Con esto último en mente, el Plan parte de la filosofía de que es a través de “cambiarle la cara” a la capital, que será posible abrirla y sacar a relucir todos los activos que en años pasados han sido opacados por la violencia y la desigualdad. Pensemos en la joven población de Tegucigalpa—¡más el 80% de los capitalinos tienen menos de 50 años de edad!—y en su gran capital educativo, siendo la ciudad de Honduras con mayor número de estudiantes universitarios. Además existe un bello valor cultural y natural, por ejemplo la Galería de Arte Nacional y el Parque El Picacho; particularmente motivantes son los espacios que constituyen testimonio tangible del liderazgo ciudadano en el espacio público, como el Centro de Arte y Cultura, el Museo para la Identidad Nacional y el Paseo Liquidámbar.

Por todo lo anterior, sabemos que a pesar de los múltiples retos que enfrentan, Tegucigalpa y Comayagüela cuentan con todos los elementos necesarios para reavivar la identidad local de sus habitantes y lograr una transformación profunda hacia la sostenibilidad. La rehabilitación integral de su núcleo urbano rivereño, la reinversión en su infraestructura hídrica y el reencuentro de los capitalinos con sus calles y plazas, son algunos de los pasos que fortalecerán un camino ya emprendido por los sectores público, civil y privado hacia una capital libre de temores, receptora de capital humano e inversión, así como ambientalmente equilibrada. En otras palabras, una capital sostenible, segura y abierta al público.