Existe hoy en día un marcado optimismo en los procesos de urbanización, basado en las expectativas generadas por los avances tecnológicos y economías de aglomeración, como la panacea a través de la cual las ciudades generarán las capacidades y los recursos necesarios para auto-sostenerse. En otras palabras, es como si los alimentos o los recursos naturales se terminarán produciendo en los supermercados o centros comerciales.

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Las áreas urbanas representan el 2% del total de la superficie terrestre, pero albergan a más del 50% de los 7.200 millones de habitantes. Foto de Sacha Fernandez, via Flickr.

Uno de los desafíos cruciales del “siglo de las ciudades”, es el agudo impacto en las áreas rurales por una sobre demanda de producción agropecuaria para abastecer a urbes cada vez más vastas, complejas y voraces. Pareciera que las áreas rurales y el sector agropecuario estuvieran totalmente divorciados de los procesos de expansión urbana y de movilidad poblacional.

Para poner en contexto, las áreas urbanas representan tan sólo un 2% del total de la superficie terrestre, al tiempo que albergan a más del 50% de los 7.200 millones de habitantes y consumen el 75% de los recursos producidos por la economía mundial.

El creciente consumo y procesamiento de alimentos y recursos naturales para conglomerados humanos cada vez más demandantes tiene efectos devastadores en las áreas rurales y para su población. Esa realidad pone en tela de juicio la viabilidad futura de los rápidos procesos de urbanización a nivel global.

Ciudades hambrientas, suelos deforestados

La actividad agropecuaria y forestal, junto a los cambios de uso de los suelos, es la mayor responsable de las emisiones de todos los gases de efecto invernadero combinados (35%), más que las producidas por el sector energético convencional (24%), la producción industrial (14%), el transporte (14%), la construcción (8%) y otras actividades (8%).

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Las ciudades consumen el 75% de los recursos producidos por la economía mundial. Foto por Storm Crypt via Flickr.

La industrialización agrícola tiene también un desmesurado efecto negativo en el ciclo natural del nitrógeno, vía el uso de fertilizantes para un mayor rendimiento de las cosechas. Se estima que anualmente se producen a escala mundial unos 100 millones de toneladas de fertilizantes basados en nitrógeno, cuya aplicación intensiva ha provocado las llamadas “zonas muertas” en estuarios y áreas costeras, con su concomitante extinción de plantas y especies marinas, así como de frágiles ecosistemas en Norteamérica, Europa y en el este de Asia. No es coincidencia que esas “zonas muertas” se encuentran en regiones y áreas de influencia de grandes conglomerados urbanos.

La agricultura también utiliza masivamente agua para irrigación, cuyo uso alcanza a un 70% del total de este recurso, mientras que un 20% se destina para la producción industrial y un 10% para consumo humano. La situación es extrema y está íntimamente relacionada con el crecimiento y multiplicación de las ciudades.

El campo y la ciudad, un binomio crucial

Así entonces, es imperativo impulsar una mejora sustancial de la calidad de vida y de las oportunidades para la población rural, ya que la agricultura necesita más que nunca convertirse también en un sector anclado en conocimientos científicos para incrementar su productividad, sin dañar de forma definitiva al medio ambiente.

En otras palabras, planificadores, urbanistas y tomadores de decisiones necesitan mirar con nuevos ojos la problemática urbano-rural, superando la discriminación de que todo lo que proviene del campo es bucólico, poco sofisticado y anti-progreso. Por ello, no es una exageración afirmar que la suerte del “siglo de las ciudades” nunca estuvo tan supeditada al destino de las áreas rurales.

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El creciente consumo y procesamiento de alimentos y ciudades cada vez más demandantes tiene efectos devastadores en las áreas rurales y sus habitantes. Foto por Denish C. via Flickr