Rooftop Organic Garden at The Raven Cafe by ariztravel, on FlickrFoto por ariztravel 

La semana pasada pasé a visitar la huerta de la escuela de mis hijas donde, tanto ellas como mi esposa, trabajan asiduamente. Mis vecinos también mantienen una huerta comunitaria en la plaza del barrio. Uno de ellos, Luis, planta tomates, calabacines, lechugas en el fondo de casa.

Más del 38% de las casas estadounidenses–41 millones de personas–cultivaron un jardín en el 2010. Todos estos casos me han llevado últimamente a prestar atención a un nuevo y creciente paisaje de la ciudad: las huertas urbanas. Quizás lo más interesante no sea analizar esto sólo como fenómeno urbano, sino ver que nos está sucediendo a los habitantes de las ciudades que tenemos esta necesidad de reconectarnos con la tierra y la producción de alimentos transformando como consecuencia el paisaje urbano.

Son varias las reflexiones que esto me genera. La primera, es la mirada romántica y un tanto bucólica de lo rural ganando espacio perdido en la ciudad, una suerte de “revancha del campo”. Esto parecería entrar en franca contradicción con mi vocación urbana, mi defensa de la densificación y el uso eficiente de la infraestructura urbana. Quizás lo esté, pero no hay duda que desde el punto de vista ambiental y en la búsqueda de un modelo de ciudad resiliente, la utilización productiva de estos diminutos espacios verdes parece por lo menos eficiente.

La segunda, es el argumento de la eficiencia. Un ejemplo claro de eficiencia como consecuencia de la metamorfosis urbana son aquellas  ciudades americanas con población decreciente: las casi 3 docenas de ciudades que en 1950 tenían poblaciones por encima de 100 mil habitantes y que hoy han perdido más del 20% de sus residentes (US Census 2010). Entre ellas, destaca el caso de Detroit, donde hay más de 100 km cuadrados de terreno abandonado, y donde los lotes vacantes son utilizados con fines productivos.

¿De dónde surge todo esto? 

Este fenómeno no es nuevo. your victory gardenLos primeros esfuerzos por cultivar productos agrícolas en las ciudades en Estados Unidos comenzaron en la década de los 40s, donde  cerca de 20 millones de personas plantaban “jardines de victoria”, con el propósito de reducir la escasez que producía  la Segunda Guerra Mundial en el sistema de producción de alimentos en el país.

Quizás sin los apremios de una guerra cercana, e inclusive un poco antes, también recuerdo a mis bisabuelos y abuelos inmigrantes que plantaban por motivos económicos y culturales frutas y verduras en el fondo de sus casas en Argentina, un modelo productivo usual  desde principios hasta mediados del siglo XX.  Sin embargo, como vimos arriba,  este resurgir en el  interés por mantener huertas individuales en la actualidad posee  motivaciones singularmente diferentes, muy relacionadas con la sociedad del siglo XXI.

¿Cuáles son las motivaciones detrás de la agricultura urbana?

1) El auto-consumo trae consigo ahorro económico

No hay duda de que, aunque en menor medida, esta sigue siendo una motivación. Esto es particularmente cierto en las ciudades con altos niveles de pobreza y decrecimiento poblacional como las mencionadas,  y a aquellas familias quienes viven en un “food desert” donde hay acceso limitado a los alimentos saludables (11,5 millones de personas en EE.UU. viven en áreas de bajos recursos y a más de 1 milla de un supermercado donde pueden acceder frutas y verduras).  Una familia puede satisfacer un 30-40% de sus necesidades alimenticias por medio de la cultivación de sus propias frutas y verduras en este tipo de huertas produciendo entre US $500-2.000 de productos agrícolas al año. Y la agricultura urbana es una inversión de alto rendimiento: por cada US$1 que se invierte en un jardín se recibe aproximadamente $6 en verduras.

2) La preocupación ambiental

Foodprint

Fuente: Brighter Planet 2010

Esta es quizás la más apremiante. Hay una creciente preocupación y toma de conciencia para reducir el impacto del cambio climático a través de la adopción de un consumo más sostenible. Se estima que la agricultura industrial contribuye en un 15-25% al cambio climático considerando la producción y transporte de la comida.

¿Cuántos kilómetros viajan nuestros alimentos para llegar a la mesa y cuántas emisiones son producidas como consecuencia? Por ejemplo, en  EE.UU. dicha distancia gira alrededor de 1500 millas (2400 km). El movimiento “eat local” está trabajando sobre esta idea e influenciando hábitos de consumo de manera singular. Aunque esta tendencia dentro del país es mínima en comparación con métodos de compra más tradicionales, está aumentando exponencialmente cada año: entre 2002 y 2007 ventas directas al consumidor de productos agrícolas aumentaron en 49% (US$399 millones). A esto también se suman los beneficios de crear ciudades con más espacios verdes e infraestructura verde, por ejemplo con parques o lotes/huertos que permitan reducir la escorrentía del agua de lluvia perjudicial y que puedan proveer eco-hábitats locales.

pumpkin

Flickr: PermaCultured

3) Una alimentación más saludable

La población está poniendo más atención a lo que come y de dónde provienen los alimentos. Los hábitos alimenticios han cambiado singularmente en las últimas décadas. Michael Pollan y su serie de libros, entre ellos “The Omnivore’s Dilemma” ha instalado el tema de una manera que no lo había hecho la ciencia antes: la producción masiva de comida está poniendo en riesgo no solo nuestra salud sino también al medio ambiente en general.

El aumento de la venta de alimentos orgánicos en los supermercados y particularmente en los “farmer’s markets”–los cuales aumentaron en un 92% entre 1998 y 2009 en los EE.UU.–y los programas de agricultura sostenida por la comunidad (CSAs por sus siglas en inglés) de las ciudades americanas son un ejemplo de la creciente toma de conciencia.  Cultivar frutas y verduras en jardines, balcones o  techos privados nos permite saber de dónde viene la comida y nos asegura la calidad de la misma.

balcony

Flickr: boboroshi

En esta misma línea, veo también en muchos padres la decisión de que sus hijos “urbanos” entiendan de dónde provienen las frutas y verduras, y que éstas no crecen en supermercados.

4) La revitalización de la comunidad

Como comentábamos antes, en las ciudades con poblaciones decrecientes y especialmente en aquellos barrios con serios problemas de pobreza y delincuencia, los lotes abandonados se transforman no solo en espacios de producción hortícola sino, también de nucleamiento comunitario,  fortaleciendo vínculos sociales perdidos y estableciendo objetivos claros entre los miembros de la comunidad.  Es reconocido que los jardines comunitarios agregan valor al barrio y éste aumenta con el tiempo. Además, este valor agregado es aún mayor en barrios con bajos recursos. Un estudio en la ciudad de Nueva York muestra que dentro de los 5 años siguientes a la instalación de un jardín comunitario los valores de propiedad suben un 9,4%.

A continuación, les comparto algunos ejemplos de agricultura urbana en Estados Unidos:

christy

Flickr: jessicareeder

Liz Christy Community Garden en Nueva York – el primer jardín comunitario de la ciudad fue creado por Liz Christy, fundadora de los Green Guerillas, un grupo que promueve la acción comunitaria para revitalizar y estabilizar zonas de la ciudad.

tenderloin

Flickr: Dave Schumaker

Tenderloin National Forest en San Francisco –  jardín comunitario que surgió en un barrio conocido por sus altos niveles de pobreza, indigencia y drogas, cuando los propietarios del edificio decidieron transformar un callejón en un espacio seguro donde la comunidad pudiera encontrarse y relajarse.

common good

Flickr: Ogilvy PR

Common Good City Farm en Washington DC – Este jardín comunitario está en un lote abandonado que antes fue una cancha de béisbol para un colegio que se cerró.  El jardín opera un programa de “aprender para comer” donde familias de bajos recursos pueden recibir productos agrícolas a cambio de aprender a trabajar en el jardín.

Tal vez el auge de la agricultura urbana se explica por la combinación de todos estos factores, pero sigo pensando que hay una quinta razón más relacionada con una necesidad interna de relacionarse con la naturaleza desde la ciudad. Quizá esta es la expresión más fuerte del crecimiento del eco-urbanismo, una manera más balanceada de relacionarnos con la naturaleza desde lo urbano.

¿Se está dando el mismo fenómeno en Latinoamérica?  ¿Conoces algún proyecto parecido en tu ciudad? Cuéntanos.