En 1921 Max Weber publicó un ensayo categorizando las ciudades occidentales en dos tipos ideales: consumidoras y productoras. Las ciudades consumidoras eran sede del poder político, residencia de las cortes, en el caso de las monarquías  o de las burocracias en las repúblicas. Por tanto, en estas ciudades había una alta concentración riqueza junto con un gran consumo de servicios y bienes. Este consumo era precisamente el motor de su crecimiento.  Las ciudades productoras, en cambio, tenían su razón de ser en el intercambio comercial de los productos agropecuarios. Eran las ciudades de los mercaderes y los banqueros, aquellas en las que se realizaban transacciones y se encontraba financiamiento para actividades productivas.

Estas tipologías, surgidas del análisis de las ciudades romanas medievales, tomaron un nuevo sentido en la caracterización de las metrópolis que crecían al ritmo del capitalismo moderno. Por un lado, el termino ciudad consumidora le dio una continuidad histórica -y crítica- a la promoción del consumo como modo de fomentar la economía local (a la Walter Benjamin). Por otro lado, las ciudades industriales pasaron a ser sinónimos de ciudades productoras-  a pesar de que las fábricas, y no el comercio de productos agrícolas- eran el origen del crecimiento local. Pero desde hace casi treinta años, las ciudades donde la industria fue el motor principal de crecimiento, o bien han reconvertido su economía, o mal han languidecido. Los grandes centros industriales hace tiempo se reacomodado en regiones donde el suelo y la mano de obra son menos costosos, primero en los suburbios de las grandes ciudades y luego en países menos desarrollados. Del mismo modo, no es solo en las grandes metrópolis donde las instituciones y espacios se acomodan para facilitar y promocionar el consumo de bienes y servicios. Los límites entre centros urbanos y periferias, y las divisiones funcionales entre ciudades consumidoras y productoras se han desdibujado.

Pero las tipologías de Max Weber siguen resonando porque están responden a una pregunta fundamental: ¿Cuál es el origen de la riqueza de una ciudad? Las ciudades consumidoras y productoras entienden que la riqueza de la ciudad es una función de las relaciones socio-económicas que cumple para su entorno. Es decir, que la prosperidad de una ciudad depende de su capacidad de instalarse como una pieza clave del engranaje de una economía regional.

Es la comprensión de la ciudad integrada a su territorio la que resulta particularmente útil hoy para nuestra región. Nuestras metrópolis han crecido para cumplir funciones territoriales, al principio en estructuras coloniales y luego en las republicanas: organizar burocracias, ser nodos comerciales, o albergar centros industriales. Pero ahora, cuando nuestra región presenta índices de urbanización del 80%, necesitamos repensar cuáles son las funciones territoriales de nuestras ciudades.  Necesitamos considerar las funciones de las ciudades no solo en una relación vertical –ciudad y nación- o de complementariedad – rural y urbana-  sino en una jerarquización horizontal entre centros urbanos de un mismo territorio. Con más de cien ciudades superando el medio millón de habitantes, la riqueza de las ciudades depende también de las funciones que cumplen para la red urbana que integran.