Los salarios mínimos y la lucha contra la desigualdad

: la lucha contra la desigualdad mediante los salarios mínimos depende de cómo se pesan las circunstancias y el momento

Son numerosos los responsables de políticas públicas que dicen que la subida de los salarios mínimos son cruciales para reducir la desigualdad. Mirando a América Latina, parecen encontrar abundante evidencia, incluido el hecho de que en diversos países los grandes aumentos del salario mínimo durante el auge de las materias primas de la década del 2000 coincidieron con importantes disminuciones de la desigualdad.

Sin duda hay una parte de verdad en esta idea. El aumento de los salarios mínimos durante tiempos de fuerte crecimiento económico puede marcar una diferencia importante en la lucha contra la desigualdad. Ése parece haber sido el caso en numerosos países durante el auge, entre ellos Brasil, Argentina y Chile.

Sin embargo, un aumento del salario mínimo durante una recesión puede ser perjudicial. Puede poner en aprietos a empresas que no se pueden permitir pagarlo, empujándolas a despedir a empleados o a contratarlos informalmente con salarios inferiores al salario mínimo y sin protección laboral. Como consecuencia, hay más personas en el sector informal y una mayor desigualdad, en lugar de lo contrario.

En el fondo, se trata de un problema de pesar las circunstancias y el momento.

Pensemos en el caso de Brasil. Durante 1995-2002, un período de bajo crecimiento en Brasil, los aumentos del salario mínimo por encima del salario medio y de la mediana se tradujeron en un aumento de la informalidad. Como consecuencia, el número de trabajadores que ganaba menos que el salario mínimo aumentó en seis puntos porcentuales de la fuerza laboral, y la desigualdad aumentó, en vez de disminuir. Sin embargo, durante los años del auge de 2003-2012, el aumento de los salarios mínimos proporcionó un punto de apoyo importante para acercar a los trabajadores con salarios bajos, en términos de ingreso, a los que ganaban un salario medio. En efecto, según un estudio llevado a cabo por Chico Ferreira, Sergio Firpo y yo mismo, los aumentos del salario mínimo representaron aproximadamente el 20% de la brusca disminución de la desigualdad en el país durante ese período.

Aún así, los salarios mínimos no explican toda la situación en América Latina. En países como Perú y Paraguay se observaron fuertes disminuciones de la desigualdad durante la década del 2000 sin aumentar demasiado el salario mínimo. Y, como se mencionó, los aumentos del salario mínimo incluso en Brasil representaron sólo en torno al 20% de la disminución de la desigualdad. El resto de la caída se debió a numerosos factores, como se comentó en un blog reciente. Estos factores fueron, entre otros, una fuerte demanda de trabajadores no cualificados; reducciones de las diferencias de salarios entre quienes trabajaban en el sector formal e informal; y primas más bajas, tanto para las personas con un alto nivel de educación –a medida que los niveles de instrucción aumentaban- como para los trabajadores con mayor experiencia, quizá debido a cambios tecnológicos a los que no podían adaptarse.

En pocas palabras, los aumentos de salario mínimo pueden ser útiles. Pero no lo son todo y sólo funcionarán en los contextos adecuados. Acertar es difícil, como Joana Silva y yo sostenemos en un libro reciente. En Colombia, por ejemplo, el salario mínimo es tan alto que ha provocado un importante incumplimiento de la legislación, y numerosas personas, incluso en el sector formal, trabajan con salarios por debajo del mínimo. Dada esa falta de correspondencia con las condiciones reales, es dudoso que el aumento del salario mínimo en ese país pudiese influir positivamente en la pobreza o en la desigualdad. En México y Uruguay, el salario mínimo era tan bajo durante el período del auge en relación con el salario medio que no llegó a producir un gran cambio en la desigualdad, pues a lo sumo el salario mínimo afectaba al 10% de los trabajadores de menores ingresos

La clave consiste en situar el salario mínimo a la distancia adecuada del salario medio (o mediano) y luego encontrar el momento adecuado para aumentarlo. Algunos países cometen el error de no aumentarlo cuando la media de los salarios se desplaza hacia arriba, perdiendo así una oportunidad para ayudar a los trabajadores en la parte baja de la distribución. Después, cometen un error aún peor e intentan ponerse al día durante una recesión, cuando los trabajadores están pasándolo mal. Dado que las empresas no se pueden permitir aumentar los salarios en ese momento, esos trabajadores pueden acabar siendo empujados hacia la informalidad. Brasil ha trabajado para evitar ese error, aplicando una fórmula en los últimos años para sincronizar el crecimiento del salario mínimo con la inflación y el crecimiento económico.

La conclusión parece clara: el auge de las materias primas proporcionó efectivamente evidencia de las virtudes del salario mínimo. Dichas virtudes constituyen una herramienta valiosa para asegurar que el crecimiento sea incluyente, y que todos compartan sus beneficios. Sin embargo, como cualquier herramienta, deben ser utilizadas en el momento adecuado y de la manera adecuada si se trata de luchar contra la desigualdad en lugar de exacerbarla.

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El Autor

Julián Messina

Julián Messina

Julián Messina es actualmente economista investigador del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Antes de unirse al BID, trabajó en el Banco Mundial y el Banco Central Europeo. Fue profesor en las Universidades de Barcelona GSE, Georgetown, Girona, Frankfurt y Mainz. Sus proyectos de investigación incluyen la economía del trabajo, la macroeconomía aplicada y la economía de la educación. Es autor de tres libros, incluyendo dos de los informes más importantes sobre América Latina del Banco Mundial. Su trabajo ha sido publicado en revistas académicas el American Economic Journal: Macroeconomics, Journal of Economic Perspectives, Economic Journal, Journal of the European Economic Association y Labour Economics. Frecuentemente aparece en blogs populares y medios de comunicación, incluyendo The Economist. Tiene altos niveles de experiencia en asesoría a gobiernos en América Latina, Europa y Asia. En 2002 Dr. Messina obtuvo un PhD del Instituto Universitario Europeo.

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  1. El pueblo no tolera que en la bonanza se le oprima y en la desgracia se le abandone. Creo que el salario mínimo más que ayudar, afecta a las capas más vulnerables de la sociedad.Los gobiernos y los políticos lo usan no por beneficiar a la sociedad sino por lograr sus beneficios (encuestas) y otros. Estos aumentos generan también aumentos de precios y despidos de gente que no puede pagarlos o simplemente cierras el negocio que muchas veces se mantiene con las justas.

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