Salir de la burbuja de las redes sociales hacia una democracia más sólida

Desde que fue fundado en 2004, Facebook ha sostenido que su misión es “hacer del mundo un lugar más abierto y conectado”. Y con casi 2.000 millones de usuarios, incluidos más de 230 millones en América Latina, de muchas formas se ha ganado el derecho a afirmarlo. Facebook es actualmente la red social dominante para que la gente comparta noticias personales y políticas, intereses, y pasiones. Une a filántropos de distintas magnitudes en torno a causas como curar enfermedades o auxiliar a víctimas de desastres naturales. Quienes quieren protestar lo usan para organizar marchas para derrocar gobiernos autoritarios, exponer abusos policiales y proyectos que destruyen el medio ambiente, y evitar la censura y la propaganda del gobierno, también en América Latina.

Sin embargo, como otras tecnologías que marcaron una nueva era, como la radio y la televisión, Facebook difícilmente sea el portal a un mundo mejor que describen sus partidarios más entusiastas. Si la radio y la televisión han sido usados tanto por demócratas como por dictadores, Facebook ha sido empleado de forma similar tanto para abrir mentes como para cerrarlas, para esparcir ideas iluminadoras o mantener a la gente en cámaras de resonancia donde sus prejuicios arraigados hacen eco. Si ha jugado un rol crucial para derribar las barreras informativas en sociedades autocráticas, en las democracias maduras también se está convirtiendo en una fuente de noticias falsas, ideas repetitivas y un pensamiento grupal nocivo.

Cass R. Sunstein, en #Republic, su incisivo libro sobre redes sociales, lamenta hasta qué punto incluso las personas con opiniones moderadas se vuelven más extremas e intensas cuando se ven expuestas sólo a perspectivas similares. La sección Noticias de Facebook contribuye a ese proceso desafortunado. El algoritmo escanea todo lo que sus amigos en línea han publicado en la última semana; todos los usuarios que usted sigue, y varias cosas más para brindar un ranking en apariencia perfecto de sus preferencias. Es, en resumen, una receta para reforzar e intensificar lo que usted siente y cree, más que desafiarlo. Las consecuencias de esta y otras redes sociales con efectos similares es enorme. En 1960, según Sunstein, 5% de los republicanos y 4% de los demócratas en Estados Unidos se oponían a que sus hijos se casaran con personas de otro partido político. Para 2010, esas cifras habían ascendido a 49% y 33%, respectivamente. Cuando el 95% de los usuarios de Internet en América Latina usa redes sociales, sólo es posible imaginar que una polarización política similar, con su consiguiente intolerancia y extremismo, también se esté desplegando allí.

Por supuesto, como señala Sunstein, las redes sociales probablemente sean sólo un factor de peso en esta situación desalentadora. No sólo Facebook, Twitter y otras redes sociales nos llevan a vivir de forma cada vez más limitada y segregada. La enorme cantidad de canales de TV por cable también nos permite elegir coberturas a la medida de nuestros intereses y perspectivas. Y hay que considerar, por supuesto, nuestra segregación física. Donde vivo, cerca de Washington D.C., la diversidad racial y étnica es alta. Los amigos de mis hijos provienen de todo el mundo: China, India, Medio Oriente, Europa y América Latina. Profesan muchas religiones distintas. Sin embargo, casi todos sus padres tienen títulos universitarios, y sus valores ideológicos y sociales son similares a los nuestros. De hecho, en muchos aspectos de la vida tienen más en común con el ciudadano promedio de Londres o Berlín que con otro estadounidense que vive a 350 kilómetros.

Consideremos también a América Latina. Según un informe de Naciones Unidas de 2012, la región tiene las ciudades más desiguales del mundo. Esto se expresa no sólo en los muchos vecindarios y comunidades cerradas, donde las personas de buen pasar están aislados de los demás ciudadanos. Está presente del otro lado del espectro, donde millones de pobres viven en asentamientos informales o precarios en los márgenes de las grandes metrópolis, aislados incluso entre sí debido a la lamentable falta de parques y espacios públicos. Esto no es saludable; va en contra de los ideales de la experiencia compartida y la diversidad tan centrales para la democracia.

Los espacios públicos, ya sean físicos o virtuales, son clave. Son el antídoto para lo que se ha convertido en una tendencia creciente a mirarse en el espejo. Sunstein enfatiza la importancia de encuentros “no planeados y no elegidos”, en una esquina, en un parque, una librería, o en línea. Estos encuentros obligan a la gente a involucrarse con personas distintas a sí mismos e iniciar intercambios que abren sus mentes. Los medios tradicionales, incluidos en Estados Unidos The New York Times, Wall Street Journal, Time, Newsweek y CBS News, tienen un rol similar. Al buscar atraer una amplia audiencia necesariamente entregan una variedad de noticias, que los miembros del público podrían haber elegido o no, de haber tenido opción. Nos exponen a temas y puntos de vista nuevos y reveladores. En cambio, cuando sólo dependemos de agregadores de noticias que nos identifican, es difícil salir de nuestra zona de confort.

Tyler Cowen, investigador de la Universidad George Mason, llega a sugerir que la gente debería escribir un diario, un blog o tener una cuenta de Twitter en los que intenten ponerse en los zapatos de las personas con las que están en desacuerdo y argumentar perspectivas opuestas a las propias. Es una buena forma, sostiene, de evitar la “burbuja del filtro” y entrar en contacto con las perspectivas de otros y las limitaciones de las propias. Tengo mi propio método de evitar la burbuja. Todos los días me obligo a leer noticias de medios con los que no estoy de acuerdo.

Hasta elegir un restaurante sin usar Yelp o agregadores similares es importante. Si sólo vamos a los lugares más populares, ¿cómo podemos expandir nuestro conocimiento social? Si sólo vamos a los lugares que frecuentan otras personas como nosotros, ¿cómo podemos ampliar nuestra visión del mundo? Sucede lo mismo con la música y las películas. Escuchar en Pandora sólo esas canciones similares a nuestras favoritas no nos traerá nuevos ritmos ni sonidos. Ver sólo películas recomendadas por el algoritmo de Netflix no expandirá nuestros hábitos como espectadores. A medida que nos volvemos más complacientes, sostiene Cowen, dejamos de innovar. Y esto lleva al estancamiento y a pérdidas de bienestar a largo plazo.

Hay que reconocer que Facebook parece haber tomado cartas en el asunto. Ha cambiado su sección de Tendencias que acompaña a sus Noticias para que ambas combatan las noticias falsas y brinden un flujo de noticias que no estén elegidas a la medida de intereses individuales.

Enfrentaremos muchos desafíos para encontrar el camino que nos aleje de la cámara de resonancia y nos lleve hacia un mercado de ideas más fluido. Significa estar abierto a los demás y en contacto con ellos. Son necesarios nuestros esfuerzos individuales y quizás también los de esos proveedores de redes sociales, políticos, planificadores urbanos y una serie de otras fuerzas para asegurar que vuelva a florecer la sólida participación cívica de la que depende la democracia.

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El Autor

Carlos Scartascini

Carlos Scartascini

Carlos Scartascini es líder del Grupo de Economía del Comportamiento del BID y líder técnico principal del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo. Actualmente se enfoca en expandir el uso de la economía del comportamiento en el BID y en dirigir muchos experimentos de campo con gobiernos en América Latina y el Caribe. Su investigación actual se centra en el papel de los mensajes y los métodos de comunicación para afectar el comportamiento y la demanda de políticas públicas. Además de la economía del comportamiento, sus áreas de especialización incluyen economía política y finanzas públicas. Ha publicado siete libros y más de 35 artículos en volúmenes editados y revistas especializadas. Es editor asociado de la revista académica Economía. Un nativo de Argentina, el Carlos tiene un Ph.D. y un Máster en Economía de la Universidad George Mason.

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