Para que los niños sigan escolarizados

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A lo largo de los últimos 25 años, América Latina ha aumentado la inversión en educación en un esfuerzo en toda regla para reducir la pobreza y promover el crecimiento económico. Actualmente, la asistencia a la escuela primaria es casi universal, y tres de cada cuatro niños terminan la escuela primaria a tiempo. Entretanto, en el nivel de la escuela secundaria la tasa de graduación a tiempo ha experimentado un aumento espectacular, de un promedio de 30% en 1990 a 45% en 2010. Hay millones de niños más inscritos en la educación formal que en las generaciones anteriores.

Sin embargo, si bien la cobertura ha mejorado significativamente, la tasa de abandono escolar en la escuela secundaria sigue siendo consistentemente alto para una región que aspira a alcanzar estándares de destrezas técnicas, solución de problemas e innovación parecidos a los del mundo desarrollado. Además, es una tasa alta para una región que pretende que la educación sea un instrumento de lucha contra la pobreza y la desigualdad. Cada año de educación secundaria terminado está asociado con un aumento del 10%-12% en los salarios. Con sólo aproximadamente uno de cada dos niños que terminan la educación secundaria—compárese, por ejemplo, con el 93% en Corea del Sur—demasiados jóvenes renuncian a una oportunidad para aumentar sus ingresos y mejorar su condición profesional.

Gran parte del problema comienza en la escuela primaria. La mala calidad de la enseñanza ha sido una causa del fracaso en la preparación de los alumnos para los futuros retos del aprendizaje. En el TIMSS (un examen internacional de matemáticas y ciencias) de 2011, se observó que aproximadamente el 43% de los niños chilenos entre 12 y 13 años y el 79% de los niños hondureños de la misma edad no tenían el nivel de habilidad mínimo en matemáticas, lo que significa que fueron incapaces de llevar a cabo operaciones básicas con números enteros y decimales. (Menos del 5% de los alumnos en Corea del Sur y Finlandia se sitúan en ese nivel). La comprensión lectora también es deficiente. Como consecuencia, muchos niños se aburren o se sienten abrumados por la educación y deciden abandonar en una etapa muy temprana. Por lo tanto, no es sorprendente, como revela un estudio del BID, que hasta un 20% de los alumnos que se gradúan de la escuela primaria no se matriculan en la escuela secundaria. De los que se matriculan, sólo el 60% termina los estudios, y menos de uno de cada tres alumnos se gradúa a tiempo en Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Uruguay.

La competencia por las oportunidades económicas constituye otro problema. Para los jóvenes adultos entre 15 y 17 años, se pueden presentar posibilidades laborales en el comercio minorista, la industria manufacturera o la construcción. Estos empleos les brindan la oportunidad de ser independientes o apoyar a sus familias. En las zonas rurales, y entre los hombres, el fenómeno es especialmente prevalente, y contribuye a explicar en parte por qué los residentes de las ciudades tienen una tasa de graduación 24 puntos porcentuales más alta que los de las zonas rurales, y las mujeres, 8 puntos porcentuales más alta que los hombres. Incluso en las ciudades, el costo de oportunidad de permanecer en la escuela aumenta a medida que los alumnos crecen. En México, las plantas manufactureras, o maquiladoras, proliferaron después de que entrara en vigor el acuerdo de Libre Comercio de América del Norte en 1994. Por cada 25 nuevos empleos creados, un niño abandonó la escuela en el noveno grado en lugar de continuar hasta el 12º grado, según un estudio de David Atkin.

Una manera de combatir el fenómeno es mediante las transferencias monetarias condicionadas, que básicamente pagan a las familias de los alumnos si sus niños siguen en la escuela. Estos pagos han jugado un rol en el aumento de la asistencia a las escuelas primarias de los niños entre 6 y 12 años en numerosos países de América Latina. En Argentina, un estudio reciente muestra que las transferencias han aumentado la matriculación en la escuela secundaria de los alumnos entre 15 y 17 años en cuatro puntos porcentuales. Podrían ampliarse con éxito al nivel de la escuela secundaria en otros países de la región, y con efectos beneficiosos. Sin embargo, son costosas y, por lo tanto, puede que no sean la opción más costo-efectiva.

El aspecto más importante es que la calidad de la enseñanza tiene que mejorar. Esto puede significar aumentar los salarios de manera que los profesionales de calidad no se sientan únicamente atraídos por los estudios de medicina, derecho o ingeniería y decidan convertirse en profesores. También puede significar la adopción del tele aprendizaje en las escuelas rurales aisladas, de modo que, con la ayuda de un facilitador formado, los niños puedan tener acceso a maestros de calidad por video, o en persona. Puede significar crear programas de tutorías y de ayuda a los padres en casos en que los niños sufren evidentes problemas de notas, de conducta o de absentismo. Puede que también signifique hacer grandes esfuerzos para identificar qué demanda el mercado laboral en un determinado ámbito y enseñar esas habilidades, de modo que los alumnos vean los beneficios directos de la educación para su futuro. Desde luego, esto incluye las habilidades socioemocionales, como la capacidad de trabajar en equipo, obedecer órdenes y servir a los clientes.

La educación es la ruta más clara hacia un destino mejor. Es clave para aumentar la productividad, la innovación y el crecimiento y es esencial para una sociedad más justa. América Latina ya ha hecho esfuerzos heroicos para aumentar la cobertura de la escuela primaria. Pero mientras la mayoría de los países desarrollados tienen tasas de graduación de la escuela secundaria superiores al 70%, América Latina, con 45%, padece un rezago muy acusado. Es el momento de centrarse en ese ámbito, en la calidad de los maestros y en los incentivos que impulsarán a los alumnos a lo largo de la escuela secundaria -y quizá incluso la Universidad- hacia un futuro más brillante y próspero.

 

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The Author

Matías Busso

Matías Busso

Matias Busso is a Senior Economist in the Research Department at the Inter-American Development Bank. He is also a Research Fellow at the Center for Distributive, Labor and Social Studies (CEDLAS) and a member of the executing committee of the Network of Inequality and Poverty of LACEA. His research uses empirical evidence and theory to inform the design of more effective public policies in areas related to labor, education, and productivity. Matias received his Ph.D. in Economics from the University of Michigan in 2008. He has published articles in the American Economic Review and The Review of Economics and Statistics, among others.

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