Cómo los ricos pueden ayudar a los países pobres

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No siempre es fácil ser multimillonario. En Estados Unidos, el resentimiento contra el 1% más alto de la escala de ingresos, con su ingente parte del ingreso nacional, contribuyó al surgimiento del movimiento Occupy Wall Street (Ocupar Wall Street) con su lema de “Somos el 99%”. Y ese resentimiento es más intenso aún contra la décima parte de ese 1% que figura en la lista de los 400 estadounidenses más adinerados de la revista Forbes y cuyos ingresos superan el ingreso combinado de millones de familias.

Pero aunque gran parte de la atención en los multimillonarios en Estados Unidos, el Reino Unido y Australia surge de la cada vez mayor desigualdad, no ocurre así en los mercados emergentes. En esos países, el ingreso agregado ha venido creciendo junto con el patrimonio de los individuos extremadamente ricos, y se tiende a admirar a muchos multimillonarios  por ayudar a crear empleos y hacer crecer esas economías.

De hecho, tal como señala Caroline Freund, la oradora de orden de un seminario organizado por el BID y autora de Rich People Poor Countries, los multimillonarios  en mercados emergentes suelen ser creadores de grandes y altamente innovadoras empresas. Esas empresas producen a escalas ingentes, realizan una profusa labor de investigación y desarrollo, y compiten a nivel mundial. Además cumplen una función vital en la transformación estructural de las economías. Eso se debe a que ayudan a llevar recursos de la agricultura de subsistencia hacia el sector industrial y el de los servicios con mayor eficiencia de la que pueden lograr las pequeñas y medianas empresas o las empresas propiedad del estado. En ese proceso, la clase media crece.

Entre los multimillonarios se cuentan fundadores y presidentes ejecutivos altamente creativos e industriosos de empresas. China ha tenido una proporción particularmente grande de ellos y la creación por parte de ellos de grandes empresas ha hecho aumentar enormemente la productividad laboral y ha sido de fundamental importancia para aumentar el ingreso per cápita del país de menos de $3.000 a más de $10.000 en los últimos 15 años. América Latina también tiene su parte de multimillonarios innovadores, entre los cuales figuran Antônio Luiz Seabra, quien creó Natura Cosmetics, la gigante empresa brasileña con conciencia medioambiental, y Horst Paulmann, fundador de la empresa chilena Cencosud, con su vasta red sudamericana de cadenas de supermercados.

Claro que algunos multimillonarios han obtenido su patrimonio en formas menos productivas. Hay  multimillonarios cuya fortuna proviene de la extracción de recursos naturales, contactos políticos o mediante operaciones financieras en medios de limitada regulación gubernamental o incluso de la corrupción. Hay quienes han heredado su riqueza, un segmento que, a su 49% del total, constituye una proporción inusitadamente grande de los milmillonarios de América Latina.

Pero debido a que tantos multimillonarios de mercados emergentes han creado empresas que contribuyen al crecimiento y al mejoramiento de los niveles de vida, el surgimiento de una clase aún mayor de multimillonarios fundadores de empresas es loable. En 2004, apenas 20% de las personas incluidas en la lista mundial de multimillonarios de Forbes (Forbes World’s Billionaire List) provenían de mercados emergentes. Para 2014 la cifra había dado un salto a 43% y las empresas de mercados emergentes ocupaban 30% de la lista de las 500 empresas más importantes de Forbes (Forbes Fortune 500); más del doble de su proporción diez años antes.

Lo más importante es crear los incentivos correctos para que la iniciativa empresarial haga florecer buenas ideas. Eso presupone aligerar el exceso de regulación, de manera que pequeñas e innovadoras nuevas empresas puedan crecer; reducir las medidas proteccionistas que desalientan a las empresas que desean exportar, y proteger los derechos de propiedad.

Claro que la desigualdad siempre será un tema delicado para algunos. Pero medidas como los impuestos a las herencias y al patrimonio del sector financiero pueden contribuir a limitar la riqueza que poco hace en pro del bien general. Y pueden ayudar a nivelar las oportunidades al aumentar los ingresos gubernamentales y la redistribución, y al alentar la filantropía. Si la desigualdad es algo quizá inevitable, la pregunta entonces no sea cómo limitar el número de multimillonarios, sino más bien cómo ayudar a más personas en su empeño por crear empresas innovadoras que impulsen el crecimiento, creando más y mejores empleos, y mejorando el bienestar de todos.

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El Autor

Steven Ambrus

Steven Ambrus trabajó como corresponsal de los medios masivos de comunicación de Estados Unidos y de Europa durante dos décadas en América Latina cubriendo política, educación, medio ambiente y otros temas. El trabaja actualmente en la unidad de comunicaciones y publicaciones del Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

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