Por Julia Johannsen

Con la segunda tasa de malnutrición crónica más elevada de América Latina y el Caribe, Bolivia es un país donde casi uno de cada tres niños menores de cinco años presenta retrasos en su crecimiento, uno los efectos de la malnutrición.

La pobreza y la falta de sistemas de salud que puedan proveer suplementos alimenticios adecuados, son las razones que se citan con más frecuencia como causa de este problema. A ello se suman factores como la falta de sensibilización sobre el problema y cuestiones de comportamiento relacionadas con la nutrición.

En El Alto, ciudad aledaña a La Paz, capital de Bolivia, se está llevando a cabo una iniciativa de vanguardia para cambiar estos hábitos nutricionales. Allí la población, que alcanza un millón de habitantes en su mayoría indígenas, habita en casas de barro y paja localizadas a los largo de calles sin pavimentar. Como parte de las labores emprendidas por el gobierno boliviano hace cuatro años para reducir la malnutrición entre las mujeres gestantes y los niños menores de dos años, en El Alto y con el apoyo del BID, se empezó a implementar un programa de agentes comunitarios de salud.

El programa es una iniciativa experimental orientada a motivar un cambio en los hábitos de alimentación mediante esfuerzos de concientización sobre la malnutrición en las comunidades pobres, y contribuirá a sentar las pautas para la lucha contra la malnutrición crónica.

A pesar de que cuentan con alimentos asequibles y nutritivos como cereales, frutas y verduras que se producen en las montañas de los Andes, muchas familias en El Alto tienen una dieta deficiente compuesta principalmente de carbohidratos de bajo costo y de otros productos con un alto contenido en grasa y almidón. Esto conduce no solamente a la prevalencia del retraso en el crecimiento, sino que también da lugar a unas tasas de obesidad cada vez mayores. Este binomio de tendencias poco saludables puede aumentar la propensión a padecer numerosas enfermedades.

En el marco del programa, los agentes de salud visitan los hogares para enseñar a las madres la forma de alimentar mejor a sus hijos, suministrarles suplementos nutricionales y recolectar indicadores claves de salud como el peso y la talla de los miembros de la familia. La intervención también comprende clases de cocina en grupo en las que se utilizan frutas y verduras compradas en las calles de la ciudad, así como reuniones comunitarias en donde se ofrece información sobre nutrición, higiene doméstica y otros temas de salud.

Según una evaluación de impacto del programa, los agentes comunitarios de salud constituyen una vía eficaz para prestar servicios de salud y nutrición a la población destinataria. Es más, en la evaluación también se señala que las mujeres gestantes que participaron en esta iniciativa cambiaron su percepción acerca de los hábitos de nutrición y salud.

Aun así, las labores orientadas a la toma de conciencia no lograron propiciar un cambio en los hábitos de alimentación. Si bien aumentaron las probabilidades de que más de 1.000 niños menores de dos años de las familias participantes consumieran suplementos nutricionales, esto no significó necesariamente que completaran las dosis recomendadas. Por ello, la incidencia de este esfuerzo sobre su nivel de retraso en el crecimiento, en comparación con el grupo de control, no fue considerable. La evaluación también reveló que la falta de saneamiento en los barrios donde viven las familias vinculadas a la iniciativa es un obstáculo para mejorar el estado nutricional de los niños.

Estos resultados instaron a las autoridades de la ciudad de El Alto y al BID a diseñar otro programa piloto con el fin de identificar el eslabón que faltaba entre las actividades de toma de conciencia y cambio de comportamiento. Aprovechando los resultados positivos del primer proyecto, especialmente la labor de los agentes comunitarios de salud, entre 2013 y 2016 se llevará a cabo un segundo esfuerzo con la participación de hasta 1.000 familias.

Sobre la base de experiencias fructíferas de organizaciones no gubernamentales que llevan a cabo actividades similares en Perú y África, en el marco del nuevo programa se ensayarán diferentes e innoavdores enfoques para superar las barreras que impiden que las mujeres capacitadas por el programa cambien los hábitos de alimentación en sus hogares. Es así como se están estudiando estrategias que involucren juegos de roles con los jefes del hogar y clases de cocina con recetas que empleen productos tradicionales con un alto valor nutritivo.

En el nuevo programa se está considerando además el uso de tecnologías de la información y las comunicaciones para mejorar la supervisión y la ejecución de las actividades. Por ejemplo, se podrían enviar mensajes de texto a los teléfonos celulares de las madres y/o de quienes se ocupan del cuidado de los menores para difundir información acerca del programa. Los participantes también podrían utilizar sus celulares para suministrar información sobre la salud de sus hijos, lo que le permitiría mantener actualizada la base de datos de los historiales médicos de las familias que hacen parte del programa, con el fin de adaptarse a las circunstancias cambiantes y lograr una mayor efectividad.

En el mundo en desarrollo no es suficiente lo que se sabe sobre intervenciones eficaces para promover cambios de comportamiento que mejoren la nutrición. En este nuevo programa se aprovecharán los avances de su predecesor y se espera que, acompañado de una rigurosa evaluación de impacto, ayude a Bolivia y a otros países a redoblar sus esfuerzos para enfrentar este enorme desafío.

Julia Johannsen es especialista de la División de Protección Social y Salud del BID. El artículo se publico inicialmente en la publicación Panorama de Efectividad en el Desarrollo del BID

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