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Las fiestas populares tiene un costo que muchos gobiernos en Latinoamérica temen revelar con la transparencia que corresponde, por miedo a ser tildados de despilfarro de fondos públicos.  Pero son en verdad, ¿un gasto o una inversión?

 por Luis Simón

Hace un par de semanas, durante un evento sobre innovación, un colega – economista – lanzó un comentario que explotó en la sala: “Los gobiernos de Latinoamérica gastan más en cultura que en cualquier otro sector prioritario para la población”. El silencio que sucedió a esta afirmación fue tan fuerte que creó un eco. Todos parecieron estar de acuerdo.

 

Mi colega no está solo. Muchos piensan que la cultura, ese monstruo de palabra con mil cabezas que todo lo abarca, es la responsable de comerse un presupuesto vital para sectores como la salud o la educación. Todo se lo devora con la misma rapidez que explotan en el aire los fuegos artificiales del final de la fiesta, esa pirotecnia que cuesta miles de dólares y que luego tendremos que pagarla nosotros mismos, los ciudadanos de países con índices preocupantes de pobreza.

 

Aun así, no estaría demás tener en cuenta  las cifras de las industrias creativas:

 

La contribución de la Economía Naranja a las exportaciones mundiales superan hoy en día los $558,5 mil millones de dólares anuales, de los cuales, las Américas facturan $87,6 mil millones de dólares, y lo que es aún más notorio, la cultura da empleo anualmente en nuestro continente a 24 millones de trabajadores. En Colombia, por ejemplo, este sector es responsable de aportarle a la economía del país entre el 3,3 y 3,5% del PIB cada año y de generar alrededor de 800 mil empleos directos e indirectos, en su mayoría para jóvenes. Las exportaciones colombianas de productos culturales alcanzan hoy unos US$600 millones al año.

 

Argumentos sobran para transformar la percepción del “gasto” público a la de una inversión en mayúsculas. Nuestras fiestas populares,  carnavales, ferias, bienales, celebraciones religiosas, exhibiciones y festivales: de música, de danza, de cine… son una poderosa herramienta de desarrollo urbano, social y hasta de integración regional

 

Pero después del carnaval, ¿cuánto cuesta la fiesta?

 

Todo parecería indicar un saldo muy positivo pero el costo también es alto. El desfile de cada “escuela” puede costar entre dos y cinco millones de dólares, con un importante aporte de empresas brasileñas y extranjeras. Río de Janeiro tiene más de 70 escuelas de Samba y las doce mejores compiten por el título de campeones. Todas ellas se pueden ver desfilar durante los cuatro días de carnaval. Los lujosos trajes usados por algunos de los participantes en los carros alegóricos pueden pesar más de 40 kilos con una inversión de US$35.000 dólares cada uno en materiales y sin contar la mano de obra. Confeccionarlos lleva hasta ocho meses de trabajo. Cada escuela de samba genera más de 7000 empleos: costureras, escultores, artistas plásticos, compositores, músicos, empresas que venden material de fantasía, carpinteros, zapateros, iluminadores, escenógrafos, empresas de catering, de iluminación, de sonido, etc. La lista es interminable.

 

Rio genera con su carnaval una recaudación de hotelería, transporte, restaurantes, souvenirs, etc. de aproximadamente US$650.000.000, durante toda la semana del carnaval con un promedio de US$700 por turista”.

 

Tal vez la clave esté en pensar no tanto en el gasto sino en comenzar a trabajar juntos, a aprender de nuestros aciertos y de nuestros errores, para fortalecernos y generar nuevas oportunidades de negocio que nos beneficien a nivel regional, movilizando el turismo y aprovechando las oportunidades de co-producción como ocurre en otras industrias culturales.

¿Cuántos carnavales tenemos en Latinoamérica y el Caribe? ¿Podemos compartir conocimiento, vestuario, escenografía para abaratar costos? ¿Podemos innovar? ¿Qué oportunidades nos estaremos perdiendo por creer que nuestras fiestas populares son solo nuestras y mantener nuestro conocimiento adquirido solo para nosotros? ¿Qué pasaría si invitáramos a la fiesta a nuestros vecinos y creáramos alianzas que nos beneficien a todos?

 

Veré si comienzo por convencer a mi colega economista. Mientras tanto, sigamos en sintonía y subamos el volumen. ¡Es hora de ponerle más ritmo a nuestra fiesta!

 

Te invitamos a sumarte a nuestra comunidad de innovadores que creen en el valor de la creatividad y la cultura como motor de desarrollo de nuestros países. Compártenos tus ideas para innovar juntos en este sector.

 

 

 

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